Outsiders: Democracia fatigada y autócratas precoces
Por CanaldelaMona 27 de agosto de 2026 3 min de lectura
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LIBRE-MENTE
RICARDO NIEVES
La sociedad posmoderna presenta dos polos sociopolíticos contrapuestos. Vivimos en tiempos de sórdidos contrastes: una mezcla enrarecida de mediana complacencia y de altivez reactiva. El mundo político muestra señales desagradables y realidades chocantes que mezclan riquezas extremas con miserias moralmente reprochables. Para muchos jóvenes, la vida se reduce a una pantalla cimbreante que, segundo a segundo, destila abundancia en la planicie ilimitada del scroll.
De un lado está la sociedad satisfecha con el fragmento que le ha tocado compartir, vibrante y a sus anchas dentro de una esfera incuestionable de libertad y con un exceso inagotable de objetos de consumo. Del otro, la realidad es inversa: no cuadra con las expectativas individuales de la existencia, falta demasiado para ascender y pertenecer a otra clase. La palabra clase, excluida del vocabulario prevaleciente, se extingue en la altanería de un léxico que invoca la libertad al tiempo que se empapa de la jerga y los rugidos de un remolino antipolítico cada vez más ensordecedor y amenazante.
El Big Data prioriza el instrumento psicopolítico del poder eficiente y amable: suprime diferencias sociales y, en lugar de someter o reprimir, seduce emocionalmente. No obstante, la libertad sin oportunidades materiales desemboca en tentación constante; sin medios para alcanzar el bienestar, la vida puede resbalar en una escalera de tropiezos y frustraciones inquietantes. Segmentos poblacionales muy jóvenes descargan su rabia y su descontento primero sobre sí mismos y luego sobre el aparato político, al que consideran injusto, opresor y corrupto.
La indignación digital es la catapulta performativa del rencor urticante que divide a privilegiados y mendicantes.
Entre improvisaciones y extravíos, los episodios recientes en Latinoamérica ofrecen una muestra representativa de hacia dónde nos encaminamos…Esta tipología política padece el síndrome del coleccionista defraudado: adquiere objetos valiosos y antiguos, sin saber para qué sirven ni dónde colocarlos.
Con la mayor esperanza de vida de la historia y la apariencia de un escenario de libertad sin precedentes, la inconformidad no florece desde afuera; germina desde adentro. Del deseo de ostentar un lujo superior -especie psicopolítica que Byung-Chul Han identifica como el “votante consumidor”- surge una figura sin interés verdadero por la política ni por la comunidad: una susceptibilidad pasiva y visceral. Ese prototipo social ha contribuido a fundar una democracia de espectadores.
Outsiders e influencers aprovechan la fragilidad de este proyecto. No buscan únicamente penetrar el espacio político; convencidos del poder de su atracción se proponen pulverizarlo por completo. Su trayecto ideológico, disfrazado de antipolítico, se bifurca en dos vertientes paralelas: unos se declaran antisistema; otros, los menos instruidos, se imaginan como reemplazo de la democracia plena.
Para reafirmar el tamaño de la incongruencia hacen galas de gesticulaciones libertarias; sin embargo, con abierto cinismo, manifiestan vocación por regímenes autoritarios y por autócratas barnizados. Tampoco faltan quienes se aventuran a la negación: niegan las cruentas etapas del horror dictatorial, minimizan sus repercusiones atroces y justifican la sangre y terror que sus abuelos debieron soportar. La paradoja es demencial: reprueban el presente, mientras, inspirados por sofismas envilecedores, escarban en las cenizas de dictadores miserables o bajo las alfombras de dictadorzuelos precoces.
En nuestro país es frecuente escuchar: “aquí hace falta un Trujillo”, justificando de paso la era ponzoñosa del despotismo sangriento del Balaguer de los doce años. Hemos levantado una generación que, abrumada por la pereza intelectual y los prejuicios inoculados, se siente fascinada por la sumisión al poder de los nuevos cantamañanas y por la cofradía veleidosa de los neoautoritarios.
Acoplados a su legión de parroquianos con fidelidad taurina, esta tendencia retoña periódicamente y, como advierte José Antonio Marina, refleja una falla cultural de tal magnitud que lleva a admirar a quienes podrían subyugarlos.
Envainada en su arrogancia, la soberbia se apropia de un microtargeting manipulado y opaco del electorado. El orgullo de la ignorancia es un deformador cognitivo brutal y ha dejado un largo altar de arrepentimientos que, sin duda, vale la pena desempolvar…