Por CanaldelaMona 15 de agosto de 2026 3 min de lectura
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OTEANDO
EMERSON SORIANO
En los últimos meses, le veíamos llegar cada sábado, ya no como antes, cuando, si bien la guadaña de La Parca -como a todos- le acechaba, esta aún no había empezado a blandirse en su entorno en la odiosa danza de la negación. Había vuelto, y lo había hecho en una suerte de compromiso consigo mismo, primero, de no entregársele a aquella sin darle pelea -un hombre digno debe hacerlo siempre, aun siendo conocedor de su trágico final-, por eso, Etéocles, que sabe que su final está ante la séptima puerta, arengó a los suyos diciendo: “Ya los dioses no cuidan de nosotros. Para ellos, nuestra muerte es ofrenda predilecta. ¿Para qué demorarnos, pues, rebajándonos ante nuestra suerte? Y segundo, porque, de alguna manera, un hombre tiene una herencia que transmitir, un legado que dejar a los suyos y, en este caso, el hombre a quien me estoy refiriendo sintió por su familia una devoción única.
Andrés (Licho) Matos, mi Manito Licho, como fue el apelativo afectivo con que nos llamábamos mutuamente, falleció en esta semana. Por eso, hoy está vacía esa silla que ocupó durante tantos sábados. Y ahora, los que quedamos, tenemos que arreglárnoslas para seguir sin él, teniendo por único consuelo que ya él se las había arreglado con el dios al que le creyó y con quien fue capaz de ponerse literalmente de acuerdo antes de partir. Todos le debemos a la muerte una vida, y los que aquí quedamos tenemos nuestro lugar el la larga fila donde termina este trayecto. Todos parecemos conscientes de la muerte, pero solo respecto de los demás. Porque, cada vez que nos la planteamos con respecto a nosotros mismos, buscamos rápidamente una forma de eludir tales pensamientos. Con todo, por mucho que le corramos, como decía Stalin, “al final, la muerte es la gran vencedora”.
Un hombre tiene por historia las experiencias y vivencias que la vida le ha proveído. Licho se forjó en el fragor de las luchas políticas y sociales y lo hizo con espíritu combativo e irrenunciable cuando la vida lo colocó frente al dilema entre la pasividad y la acción. Proveniente de una deprimida extracción socioeconómica, no se arredró ante las limitaciones materiales y se lanzó a superarse para servirle al país desde lo que fue su gran pasión, la política. Desde esa plataforma sirvió como concejal y diputado, sin contar los aportes que hizo a su partido y al país en el ámbito de su profesión periodística. Fue hombre de convicciones inquebrantables y lealtad a su formación política y al liderazgo que escogió, el de Hipólito Mejía Domínguez. Defendió sus puntos de vista con gran pasión, pero nunca tomó como personal las diferencias de enfoque respecto de sus amigos. En la mesa de la Z101, llegó a romper el termómetro del debate. Pero, con la misma vehemencia que defendió su visión política, abrazó a unos y otros entre sus oponentes.
Hoy te decimos, como si estuvieras ahí, en la silla de siempre de tu amada emisora Z101, que te vamos a extrañar: en tu apasionada defensa de todo aquello en lo que creíste, pero también en la tierna sonrisa con que lo borrabas todo cuando terminaban los debates. Celebro tu vida, y celebro esos últimos días en los que logramos compenetrarnos y que me permitieron conocer la bondad de tu corazón. Aquí vas a estar siempre, porque, como decía Mario Benedetti: “La última morada de los que parten no es el camposanto, sino el corazón de quienes les amamos”. Hasta luego, Licho, hasta luego, Manito.