Por CanaldelaMona 23 de agosto de 2026 3 min de lectura
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OTEANDO
EMERSON SORIANO
Por estos días, apelé a un tropo operístico -“La flauta mágica”, de Mozart”- para graficar con pretendido acierto el statu quo de nuestra política vernácula en lo que hace a lo que pudiéramos llamar la decadencia de los liderazgos luminosos, y por qué no, místicos que hemos venido padeciendo. En la ocasión, me auxilié del personaje de Papageno de la mencionada obra para mostrar la odiosa presencia en nuestro universo político de personajes que per se constituyen verdaderos payasos a los que, por desgracia, ya empieza a seguir una franja de la población electoral, ante la ausencia de lo que, volviendo al argumento de la citada ópera, podríamos llamar los sarastros del pasado.
Y es cierto que los liderazgos se van indexando a los tiempos, a los contextos, y que la auditoría sobre el enfoque que da cada líder a sus propuestas para gestionar conflictos y sobre sus fórmulas para proveer bienes públicos -que, a fin de cuentas, constituyen el fin de la política- admitirán siempre los mismos niveles de análisis que el “Círculo hermenéutico” gadameriano: formal, semántico y sociocultural. Lo triste está en la dificultad para encontrar líderes con la destreza que reclama aquello y electores con la intelección para esto: el despeñadero por el que transitamos nos pone en riesgo de abismarnos a lo peor.
En nuestro ecosistema político abundan los torpes, responsables finales de que los ciudadanos viren su mirada hacia los famosos outsider -cuya fauna vernácula está compuesta por más de un advenedizo-, pero más aún, en él abundan también los avaros, verdaderas máquinas tragamonedas que han dejado el erario vacío: por ahí transita, aún, un digno sucesor de “Félix Grandet”, personaje de la novela “Eugenia Grandet”, de Honoré de Balzac, cuyas ansias de dinero son tan grandes que, de seguro, hará lo mismo que aquél al momento de su agonía final, quien, al suministrarle el sacerdote la extremaunción, intentó arrebatarle a éste el crucifijo de oro que le colgaba del cuello ¡para también llevárselo!
En semejante ámbito, encontrar un político cuya reputación de prudente ejercicio de la función pública le preceda, como es el caso de Víctor Bisonó, sobre quien podemos aseverar que no va a convertir nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores en el Reino de la mendicidad política, resulta esperanzador. Viene del templo de uno de los sarastros que ya se fueron, Joaquín Balaguer. Ha mantenido su perfil de caballero de la política sin desbocarse cuando avizora un espacio de poder o se lo han entregado para ejercerlo. No es un Sarastro, no, para eso eso le falta, pero podría acercarse a uno si persevera en sus vocaciones. De seguir como va, pronostico que la historia le tiene reservado un espacio en la memoria pública como verdadero referente de honestidad y competencia para el ejercicio del poder político y y el Estado. ¡Enhorabuena, ministro Víctor Bisonó, no se tuerza, no se quiebre!.