Ve en paz, Cany Díaz

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Ve en paz, Cany Díaz

Por CanaldelaMona 10 de agosto de 2026 4 min de lectura

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 OTEANDO

 EMERSON SORIANO

Hoy por la mañana, al hablar con mi hermana Gertrudis, recibí la infausta noticia de la partida de un amigo de infancia, adolescencia y juventud imposible de olvidar, Cany Díaz. De pequeños, transitábamos la calle Manuel Ramón Roca, en la que vivíamos, para después doblar a la derecha en la esquina del colegio Simón Bolivar (la escuelita de nuestra “seño” Mica) rumbo a la nuestra, José Ramón López, de mi natal Dajabón, donde cursábamos el segundo grado de primaria. Compartíamos el recreo y las meriendas como dos hermanitos, pero luego, al llegar a tercer grado, se produjo entre nosotros un desencuentro por razones que ya mi polvorienta memoria me impide identificar. ¡Cosas de muchacho, apenas puedo decir! Recuerdo que, una vez rendido el honor a nuestro lábaro patrio mayor, los muchachos rompían fila y corrían alborotados para sentarse en sus asientos a presenciar, lo mismo que se hace en las graderías de un ring, nuestra habitual pelea vespertina: teníamos entonces, el instinto de dos gallos, solo teníamos que vernos y la pelea empezaba. Muchos hacían apuestas a cuál ganaría ese día.

Pasamos al cuarto grado y fuimos separados. Yo fui al aula donde impartía su madrastra Josefina Medina (doña Fefa), y él, a otra aula que ahora no recuerdo quién fue el profesor o profesora titular. Atrás quedaron nuestras peleas y no fue sino hasta el séptimo grado cuando volvimos a encontrarnos y, sin el más mínimo rencor, nuestra inocente bondad nos juntó de nuevo en el mismo pupitre y ya sí para nunca más pelearnos. El tiempo nos colocó en distintos caminos y no volvimos a encontrarnos sino hasta haría unos veinte años después. Él se desplazaba lerdo de Este a Oeste por la calle 16 de Agosto de Santiago, donde ambos nos habíamos radicado. Pero, esta vez solo yo pude verle, pues el travieso destino le había jugado una mala pasada, lo había dejado ciego. Lo detuve exclamando ¡Cany, hermano de siempre! ¿Sabes quién soy? El me contestó, con su proverbial sutileza, “Adiós, TIAPIÓ”. Tiapió era el apelativo recíproco afectivo como nos llamábamos en la infancia.

El sol poniente dejó caer sus rayos sobre dos hermanos que se abrazaron entre sollozos mientras yo le decía al oído “perdóname por nuestras peleas de infancia, a lo que él respondió: “cómo vas a pensar en eso, fueron cosas de muchachos”. Con todo, quizás para él mi llanto era innecesario, no así para mí , pues acaso, parodiando la canción de Silvio Rodríguez “Óleo de una mujer con sombrero”, ahora ya no lloraba por él, sino por mí, al reconocerme potencialmente disminuido en su humana fragilidad, en su cosecha de la desdicha proveída por un destino cruel, malvado y alevoso. Pero, más aún, sabiendo, como decían los griegos que “no hay poder sin culpa”, mi triste corazón no dejó de culparse ante el supuesto de que mi poder de entonces, deducido de mis fuerzas, superiores a la las suyas -si bien él era mayor que yo-, y los golpes que pude darle hubieran tenido un componente importante en su padecimiento. Me explicó acerca del origen de su dolencia: planchaba en una fábrica de zona franca y, al llegar a su casa, se duchaba sin dejar disipar primero el calor recibido durante el día, lo que le generó un tumor cuya extirpación le dejó ciego.

Nos despedimos en el marco de esa indeseada mezcla entre halago y compasión para ya no volvernos a ver jamás. En el momento en que mis lágrimas humedecen mi PC, estoy escribiendo esta despedida que no podré darle personalmente, pues el tiempo no me alcanzó para participar de sus exequias, que ya casi terminan en el camposanto. No estoy seguro de que le vuelva a ver en otra existencia consciente, pues, si hay vida después de esta, los que la predican dicen que ya no regresamos en el mismo vehículo corporal. Empero, si hay tal cosa, abrigo la esperanza de poder cambiar mi conducta de aquellos años de infancia, evitándole sufrimientos no solo a él, sino a todos los que me toquen por compañeros y familiares. Después de todo, como dice el mejor postulado de alteridad que jamás he leído, de Jean Ziegler: “Soy el otro. El otro es yo. Destruirlo significa aniquilar la humanidad que hay en mí. Su sufrimiento, aunque me guarde de infligirlo, me hace sufrir”. Ve en paz, Cany, ve en paz, “Tiapió”.

Max
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