Emerson Soriano

——No alcanzo ya a darte una vida plena. Mis hábitos de hoy son incompatibles con el glamour deseado por alguien de tu edad: me levanto dos veces por las noches para ir al baño, no suelo salir de casa sino sobre las diez de la mañana, antes debo tomar un vaso de agua tibia, seguro estimulante de mi próxima visita al trono y, además, me duermo pasadas las dos de la madrugada, después de leer y leer buscando lo que nunca he podido encontrar ni encontraré, la plenitud del saber, aspiración tan humana como imprudente. Y, como si fuera poco, a ello debo sumar mis defectos -si bien dicen que todos en este mundo estamos llenos de estos-, que se confunden con mis culpas, tantas que ya no alcanzo a contar, cosa que acaso tenga poca utilidad si se considera que por el solo hecho de nacer ya somos culpables, ya somos responsables de lo que no hicimos, por aquello del famoso pecado “venial”, expresión tan moralmente inconcebible como gramaticalmente incorrecta, por mor de las dificultades de conjugar dicho verbo antes de descubrir los instintos humanos. Lo cierto es que en mi caso está rebozada el ánfora vital de los defectos, ya de los adquiridos por voluntad propia, ya de los adquiridos por contagio ajeno. En fin, no te sería fácil lidiar con todo esto.
——Tengo tres gatos que me han enseñado que el amor no tiene raza ni limite ni sexo, contestó ella. No dijo más, ni él tampoco. Pero sí dijeron, porque callando también se dice, y a veces el silencio fuerza, hasta romperlo, el candado del gran depósito de las conjeturas que, una vez manifiestas, podrían modificar todo. Y si no se manifiestan, ya por venganza dialógica, ya por pereza discursiva, podrían hasta empeorarlo todo. A tal dilema enfrenta una conversación. Con todo, él creativo patológico, decidió hacer cálculo a su favor y deducir de sendos silencios un universo de ilusiones, tantas, que se imaginó con ella como dos almas gemelas, predestinadas a encontrarse para la felicidad mutua. Porque, del silencio que él observó, dedujo haberle concedido su alma, y del que ella observó, dedujo un juramento de amor eterno.
Así construyó Juan su mundo con Aura, en el ilusorio estanque de las pasiones sentidas y las pasiones imaginadas, o de una concesión recíproca de estas que jamás fue. Así se produjo su “deceso”, por causa de una voluntaria inmersión en las aguas de esa locura llamada amor, para obligarse a escribir:
Yo no sé quién lo inventó/ si un loco o un soñador/ su invento se derrumbó/ y le llamaron amor.
Debió estar muy pervertido/ quien inventó tal blasfemia/ sentimiento corrompido/ que profesan los que sueñan.
Si yo fuera presidente/ o autoridad comunal/ aquél mandara a colgar/ por inventar inclemente/ un sueño para matar.