La mayor habilidad de la mente humana es construir historias. Retorcida, la del odio nunca desaparece de nosotros: nunca deja de activarse, replicarse y, desde el fondo de su oscura raíz, invadirnos y estallar como una espora venenosa. Esta ideología de emergencia permanente ha funcionado en cada época exaltando el irrespeto y la desconsideración hacia el otro, no por lo que este hace, sino por lo que representa.
Emcke (2017) recuerda que existen dos especies de odiadores: los activos, producto de su cerrazón, perciben la agresión como un acto de defensa propia; y los pasivos, que jamás actúan de frente ni se exponen, aunque sienten simpatía por los intolerantes, dejando así que otros odien por ellos.
Nuestra arma maestra por excelencia -la tolerancia-, conquistada a un elevadísimo costo humano, consiguió morigerar los resoplidos de sus fauces y limitar el filo de sus envejecidas garras.
El odio, impulsivo y visceral, ahora se multiplica en redes y plataformas, potenciado por una intolerancia novedosa: la digital. Como si la memoria borrara su infamante legado de hostigamiento, violencia y vejaciones; como si el tiempo desvaneciera las cicatrices que aún nos avergüenzan.
La intolerancia describe un proceso dilatado y doloroso, una travesía truculenta de nuestra convulsionada historia. Sobre tensiones ideológicas y espacios socioculturales temerarios y heterogéneos, regresa sin tapujos ni remordimientos.
El intolerante reviste y encapsula una idea como derecho natural y se arroga la potestad de suprimir, total o parcialmente, el derecho de los demás. El paroxismo actual -odiar para conquistar identidad y aprobación social- desnuda la mayor obscenidad de la conciencia: justificar la creencia de alguna superioridad moral, reforzada y validada por la etiqueta de un “like”. Con prontuario ignominioso y el peso denigrante de su herencia, la intolerancia llega descargada de culpas pasadas, eximida de recuerdos funestos, y al amparo faccioso de quienes, evocando la libertad, reclaman pureza política y castidad ideológica.
Ideas reaccionarias, cebadas de potenciales enemistades, navegan, aguas abajo, dentro de la corriente ultraconservadora, categorizando desafectos ideológicos y enemigos identitarios; reconfigurando, a toda mecha, un catálogo humillante de amenazas manipulables.
Incubado en los inveterados pliegues del cerebro primitivo, el odio demanda un impulso catalizador; un contexto social deformado, propenso a excluir, invisibilizar y, mediante la repugnancia, aniquilar la presencia irritante del etiquetado.
Arribar a consideraciones de inferioridad sobre los demás, no simplifica un gesto espontáneo: brota de una prolongada fermentación que, paso a paso, inyecta el alma hasta receptar un comportamiento doctrinalmente cerrado. Todo odiador, consciente o manipulado, desea subestimar o cosificar a otro ser humano.
Que tantos agravios y sacrilegios pasados no hayan sembrado semillas suficientes de tolerancia y aceptación ratifica un retroceso antropológico, una caída fulminante del entendimiento ético más rutinario de nuestra civilización. Atribuyéndose una dudosa legitimidad, detrás de propósitos extravagantes, los odiadores avanzan pavorosamente a escala global, fantaseando con una nueva jerarquía social, otro orden político y una reinventada moral…
El odio, residuo neuronal que despliega la agresividad rupestre, revienta desde una ideología inflada que, psicológicamente, persigue la aniquilación (tribal) del otro por pensar, sentir o mostrarse diferente. Moderadas las emociones primarias, el revuelo presente, convertido en pretexto ideológico y en deriva populista, pretende hacerse pasar por aristocracia tecno-política.
Aunque cada célula agresiva anida en estructuras cerebrales paleontológicas, el odio revela, ante todo, la manifestación de un sentimiento descomunal que, infiltrado en las estructuras sociales, ha abandona su instintiva clandestinidad.
Contra pronósticos y premoniciones optimistas, la retórica gana espacio, atrae seguidores y se refugia en la concepción ultraconservadora y la derechización puritana de la política. De hecho, en democracia, presenciamos la que pudiera ser la última versión ciudadana de la cortesía.
Bajo esa clasificación de la alteridad, reimplantada por un discurso sectario, éticamente fosilizado, odiar se normaliza y hospeda en redes sociales, sin más. Confrontativos y audaces, sus ideólogos retoman un estándar peculiar de tipologías y segregaciones, determinando quiénes pertenecen y quiénes no.
Fomentando la soberbia digital -que rehúye la discrepancia y el disenso, negando lo dialógico y atacando lo ontológico del otro-, se odia abiertamente en redes y pantallas, en lugares de encuentro, sin rasguñar la conciencia y, tal vez, como nunca, con deleite sutil y extraña fanfarria…