Al doctor Benjamín Hernández Pandelo

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Al doctor Benjamín Hernández Pandelo

Por CanaldelaMona 09 de septiembre de 2026 2 min de lectura

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OTEANDO

Emerson Soriano

Me ha salvado la vida dos veces. En su caso, no es el médico de mi familia: nos hemos convertido en la familia del médico. Puede estar en Alemania, Australia o Nueva York y, comoquiera, siempre responde a nuestras molestas llamadas cuando le necesitamos.  Pero ¿observa él esa conducta solo respecto de mi familia? No. Es verdad que hay para con nosotros una dulzura tan especial que nos sentimos tentados a creernos sus favoritos; es más, ha llegado uno a asumirlo con cierto sentido de pertenencia. Sin embargo, también es verdad que su don de gente y sentido de humanidad trascienden los límites del juramento hipocrático, y esa nota distintiva nos desposee de él para convertirlo en un patrimonio de Santiago.

Nos conocimos en el año 78 cuando, aún en el pregrado universitario, ya éramos colaboradores del departamento de promoción de la Compañía Anónima Tabacalera. Desde entonces se tejió entre nosotros una amistad y un trato solo interrumpido por los años que pasó en España formándose como neumólogo. En el día de ayer La Parca, con su odiosa guadaña, vino por el ser que le dio la vida: su amada madre. Sé —no solo porque lo he vivido, sino porque conozco su blandura de corazón— que está pasando por uno de los momentos más difíciles que la vida le ha presentado. El dolor de la pérdida de la madre taladra el alma: se confunden, en una inacabable procesión introspectiva, toda suerte de vinculantes nostalgias; desde el apriete de los cordones de los zapatitos en nuestro primer día de escuela, pasando por las comidas y postres preferidos y los mimos prodigados, hasta los desvelos en la espera de nuestro regreso por las noches de parrandas juveniles.

Pero un buen hijo siempre tendrá por consuelo el haberlo sido, y sentirá la satisfacción del deber cumplido que lo engrandece y le otorga la presea dorada en el sentido filial. Y, en este caso, él ha sido eso: un buen hijo y nada más. Adjetivo envidiable si consideramos que, hoy, más de uno no alcanza a serlo por la distracción que le provocan el trabajo, los amigos y su nueva familia; odioso pretexto del que nunca tuvo que echar mano mi amigo, el doctor Benjamín Hernández Pandelo.

Por la admiración personal y profesional que le profeso, por el amor fraterno que recíprocamente nos prodigamos, por saber del dolor que ahora le agobia y que no puedo evitar, hoy quiero decirle: Benjamín, mi casa, yo y todo Santiago estamos contigo y tu familia. Estamos aquí para ser hombros a los que se arrimen y encuentren el único aliciente que podemos darles ante la tirana Muerte: la solidaridad fraterna que todos merecen.

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