La amenazante ultraderecha reaccionaria

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La amenazante ultraderecha reaccionaria

Por CanaldelaMona 06 de noviembre de 2026 4 min de lectura

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LIBRE-MENTE

RICARDO NIEVES


Los profesionales del pensamiento siguen desconcertados. Filósofos, sociólogos, antropólogos y neurocientíficos tropiezan con crecientes dificultades para  auscultar los estertores difusos del malestar contemporáneo. Buscan explicación a una encrucijada que sepulta valores, erosiona promesas y desnaturaliza identidades. 

Desde Europa hasta Brasil, incluidos la remontada de Lula y el triunfo de Los Estudiantes serbios, los imaginarios de futuro parecen compartir una misma incertidumbre. Saturado por la inseguridad, el sujeto político, como animal desconsolado, abre sus fauces mientras se aproxima al señuelo de la soberanía tecnológica.

El relato público global, inflado por las mismas interrogantes, deviene indescifrable. El análisis histórico-político contrapesa dos vertientes que, en medio de una extendida confusión, impiden la lectura honesta del ágora posmoderna. La primera es el miedo, que neutraliza; la segunda, la confianza fragmentada. En muchos países termina imponiéndose una versión distorsionada, favorecida por el tecnocapitalismo y su rejuvenecida táctica de tierra ocupada.

La hipermodernidad política deslumbra con sus avances, pero atemoriza por su desconfianza. Hablamos de una complejidad tal que ninguna respuesta está exenta de errores ni queda dispensada de ser revisada con posterioridad. La intensidad emocional del presente ha instalado, sin concesiones y en la psiquis social, la fabulación de que satisfacer los deseos se ha vuelto impostergable. Carentes de réplicas políticas, sociales y tecnológicas apremiantes, ha triunfado la narrativa de que, ante su ausencia, estas puedan ser inventadas. Mentiras y manipulación, por supuesto, chorrean a sus anchas.

La ultraderecha posliberal se apropió, más que de una ideología, de esa estrategia neoautoritaria. El problema de fondo estriba en el debilitamiento de los marcos axiológicos y culturales que permitían comprender la política como un proyecto colectivo fundamental. Alcanzados con sacrificios de generaciones, los logros democráticos aparecen opacados, casi extinguidos entre los agujeros oscuros de la ultraderecha paranoica y del tribalismo amaestrado. Las imágenes del pasado, arrastradas por una nostalgia raída por el resentimiento, mienten sin contemplación mientras son aceptadas sin interpelación.

Reivindicar a un dictador, justificando su talante despótico, aflora como la empaquetada versión de un espantoso producto psicotecnológico y de su reinfección antidemocrática.

La mirada edulcorada hacia el pasado se impulsa, paradójicamente, mediante una proyección retrógrada con renovada fachada de bienestar y confort. Esa arquitectura ideológica, cuya terraza laudatoria sustrae con rencorosa redención a jóvenes y carenciados, fija las directrices de una generación políticamente inculta y afiebrada. Se impone el mantra de un sujeto asocial, vástago del individualismo tecnooptimista, que además de pedante visibiliza el síntoma global de un nuevo infantilismo conceptual.

Detrás de los procesos políticos actuales, los llamados profetas del Estado supratecnológico (Musk, Kurzweil, Thiel, Karp, Yarvin), entre libertarios, aceleracionistas y transhumanistas cuelan su discurso monopólico, concentrador, reintroduciendo el odio y la culpabilización contra quienes, desde su perspectiva, deberían desaparecer por anacrónicos. Sembrada la premisa de que el presente es un fracaso y el futuro una evaporación, la idealización de cobijarse bajo el pasado imaginado delata una turbia obsesión.

Bauman (2017) percibió con asombrosa premonición esa retrotopía: “Los nacionalismos emergen para hacer grande al país otra vez; una sociedad incapaz de imaginar, y por tanto de construir un futuro mejor, utiliza el pasado como referente y utopía de reemplazo…”

Extraña simbiosis de un sentimiento culpabilizador que apela al pasado, pero utiliza la tecnología con eficacia feroz, precipitando la bóveda frágil de la fe y desplomando cualquier intento esperanzador. Suscitar nostalgia por un pasado presumiblemente estable y moralizador remite a las penúltimas ínfulas del discurso ultraconservador. Maquinaria y fábrica de culpables que reinventa un porvenir del que muchos dudan y menos aún se atreven a nombrar con propiedad: la tecnocracia reaccionaria (Slobodian-Tarnoff, 2026).

En esa balanza inestable, el equilibrio entre lo emotivamente banal y el credo de la racionalidad política se quebró. Ajeno a las incursiones del tecnoautoritarismo extravagante, el corazón democrático empezó a pagar el precio de sus numerosos espasmos.

El pesimismo está derrotado de antemano y el optimismo tampoco parece una categoría confiable en la cual refugiarse; sin embargo, es indudable que el catastrofismo antidemocrático representa, por mucho, la peor elección…Ha ganado Lula, pero Bolsonaro, fugado hacia Estados Unidos, vía Argentina y Ecuador fue votado por 59 millones de brasileños, psicológicamente sanos. Ciudadanos que, creencias y virtudes aparte, nunca escucharon una palabra trascendente, una frase digna de imitar.

Estados Unidos, al menos, envió una pequeña señal…


        
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