Por CanaldelaMona 29 de octubre de 2026 4 min de lectura
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OTEANDO
EMERSON SORIANO – CUENTO –
Estaba predispuesta para ellos una mirada más, una parada más en el andén de los pulimentos; quizás la última, quién sabe, pues en este eterno retorno del Ser no nos es dable saber cuántas veces ya hemos existido junto a otra alma, ni mucho menos cuántas más serán necesarias para completar ese círculo siempre necesario para dejar pleno y sin más ansias el amor de toda una existencia vivida en muchas otras sucesivas. Volvió a flecharlos el tal cupido, que siempre regresa con mucho más pertrechos de los visibles, más que el simple arco y la simple flecha con que se lo simboliza. Digamos que volvió taimado y alevoso, a juzgar por sus caprichos.
Él entró con la firmeza que siempre le proveyó su impresionante figura masculina: manifiesto desenfado, mirada segura, gestos precisos, lenguaje impecable y, en fin, el disfraz que forzosamente escoge cada uno, y a veces sin saberlo, para salir a vencer, a ganar, a conquistar el mundo y sus detalles. Ella apareció como arrojada al pequeño espacio donde se aglomeraban las personas en busca de informaciones relativas a la distribución de aquel edificio empresarial. Y fue mágico. Él pidió una información a otra persona, mas ella se tomó la pregunta para si, y se viró a contestarla: dio a su “escogido” interlocutor las indicaciones precisas para llegar a su destino. Él, después de cumplir con el hábito de agradecer, ya había girado a la mitad su cuerpo para seguir su camino cuando, una inexplicable fuerza, lo hizo regresar el giro apenas empezado y volver a quedar frente a aquellos ojos brujos, puñales de acero acostumbrados a atrapar.
Le preguntó su nombre y, a seguidas qué podía hacer para llegar a ser su amigo. Ella, segura de que su angú y su carnada habían hecho ya al pez morder el anzuelo de los desvelos, sonrió para agregar: “ya somos amigos. Pero, lo dijo solo para dar continuidad al rito habitual de sus conquistas. Sabía que aún faltaba algo. Faltaba el acostumbrado intercambio de números telefónicos, lo que oyó pedir casi al instante. Complació la petición ya familiar y lo dejó ir sin más. Estaba segura de que muy pronto recibiría esa llamada que daría inicio a su acostumbrado juego. Él, en cambio, continuó su día y lo terminó sin dejar de pensar en ella un solo segundo.
Ambos amanecieron al día siguiente comportando una tensa calma: cada cual esperaba la llamada, la nota delatora de aquella ansia reprimida que mantenían recíprocamente. La iniciativa fue de ella. Le puso un “hola”, a lo que él contestó de inmediato: “¡Holaaa, Naomi! El tono del saludo dio a la cazadora la seguridad de que su presa estaba esperando resignadamente ser devorada: empezó el flirteo tan conocido que termina abismando los seres a lo desconocido, si bien cada cual parece creer que está en control de la situación, pero en la mayoría de los casos ambas partes apenas si están en lo cierto.
Sin muchas palabras ni muchas preguntas, lo inevitable y esperado por ambos se hizo realidad con la rapidez de un relámpago. Claro que no sin el clásico y dramático preámbulo de las “sorprendentes afinidades” que tan rápidamente acaban por determinarse más por nuestra instintiva biología que por nuestra excepcional racionalidad. Así empezaron las tardes robadas a dos, o a tres, o quizá a cuatro almas ajenas a ellos – y no tan ajenas- que, alguna vez habían pasado a engrosar la comunidad de sus víctimas por haberse abandonado confiadamente a un amor indeseadamente fementido, pues es cosa sabida que nuestra biología interactúa con nuestro medio ambiente para definir nuestro yo, realidad que reduce el famoso libre albedrío a un simple e inútil constructo: “somos la suma de todo aquello que no pudimos evitar”.
Se bailó con desenfreno la danza de las pasiones durante una semana, a cuyo término, ella empezó a hacer la habitual y recurrente confesión de cada episodio idéntico: “había una tercera persona”. Y peor, era una relación que no se sentía convocada a romper para aventurarse a dar un salto al vacío. Podían seguirse viendo, pero con cero sentido de pertenencia alguna. Pero para él era ya tarde. Había aprendido que la ausencia de posesión era otra de esas falacias inventadas para el autoengaño de las almas: para él no se podía amar sin aspirar a poseer así fuera el sentimiento del ser querido. Se negó, puso condiciones; trató de retenerla a fuerza de un discurso estéril y de fervorosos encuentros que, al final, también devinieron insuficientes, como no podía ser de otra manera, pues no se puede construir con animus domini en predio ajeno, y es un principio universal de Derecho que, “las mejoras, pertenecen al dueño”.