Por CanaldelaMona 24 de octubre de 2026 2 min de lectura
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OTEANDO
EMERSON SORIANO
“Soy el otro, el otro es yo. El otro es el Espejo que permite al yo reconocerse. Destruirlo significa aniquilar la humanidad que hay en mí. Su sufrimiento, aunque me guarde de infligirlo, me hace sufrir”. Jean Ziegler.
Entre los muertos en intercambios de disparos con la policía, uno de los casos más sonados es el de los famosos Mellos, pareja de hermanos mellizos a quienes la muerte encontró después de una larga muestra de desafío a la autoridad y después de haber adquirido con sobranza -pido excusas por este neologismo que acabo de inventar- la mala fama de tener en zozobra la propia sociedad donde crecieron y que los abismó al mundo del delito.
Sentimos cierta impotencia e insuficiencia ante hechos de esta naturaleza, por no alcanzar la “alquimia” de un pulido razonamiento, ni mucho menos la posibilidad de hacer un enfoque teorético que sirva a todos no para interpretar ni apreciar con exagerados prejuicios la vida y muerte de los Mellos, sino para detenernos en las causas que los colocaron en el obscuro camino de su existencia, dando finalmente al traste con su vida. A los Mellos los matamos todos: el sistema que los arrojo al abismo de una vida azarosa ausente de toda oportunidad, y nosotros, en la misma medida en que, junto con el sistema los excluimos primero, y después, por acción u omisión los mantuvimos discriminados por su origen, por su entorno con sello de gueto sin implementar el altruismo que demanda su situación, sin tenderles nuestras manos con una oportunidad de trabajo o de educarse; pensando que nuestra indiferencia no se volvería un día contra nosotros y creyendo que nuestra seguridad personal y la de nuestros bienes materiales no se verían nunca amenazados por estimular en ellos el deseo de ser a partir de tener, de estrenar su sentido de la propiedad a expensas de la nuestra, quizá inconscientemente asumiendo la famosa frase de Proudhon “la propiedad es un robo” y el refrán popular “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”.
Poniéndome a recaudo de que a uno de mis lectores vaya a ocurrírsele que estoy mutando hacia un socialismo inservible, insistiré en que el problema es estructural y reside en la deuda social acumulada y la indiferencia del Estado con relación a los fenómenos coadyuvantes que todos callamos: el narcotráfico, las bancas de lotería, la corrupción estatal y empresarial, la ausencia de valor para denunciar estos males y la ausencia de voluntad política para conjurarlos. A los Mellos los matamos todos.