Alejémonos de Omelas

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Alejémonos de Omelas

Por CanaldelaMona 21 de septiembre de 2026 5 min de lectura

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OTEANDO

EMERSON SORIANO

En la década de los 70 leí un cuento de Úrsula K. Le Guin titulado Los que se alejan de Omelas, el cual usted puede encontrar hoy en formato PDF en cualquier buscador de la red. Se trata de una profunda reflexión filosófica sobre la moral y acerca de la felicidad vivida a expensas del otro. El argumento trata de una ciudad llamada Omelas que, en la narración, está situada temporalmente en medio de algo así como lo que pudieran ser sus fiestas patronales. La autora no se encierra egoístamente en su labor narrativa y, en un ejercicio de metaficción interactiva, entra en una productiva complicidad con el lector que, si asume la técnica del iceberg, podría dar otros colores al relato.

Omelas es una ciudad utópica que desborda felicidad por doquier. No hay pobreza, insalubridad ni tristeza entre sus habitantes, excepto en uno de ellos. Y es que toda la felicidad y el derroche de alegría que caracterizan el lugar se sostienen a expensas de un niño. Pero no es un niño cualquiera: es un infante que vive encerrado en el cuarto de un sótano mugriento y sin ventilación, ubicado en uno de los edificios más hermosos de la ciudad; además, sufre las llagas que le produce el hecho de permanecer entre sus propias heces.  Si el niño es sacado del lugar, aseado y alimentado adecuadamente, el mágico estado de bienestar y felicidad de Omelas cesaría de inmediato. De ahí que todos sepan que el niño existe, conozcan el lugar y las condiciones en que vive, pero finjan ignorarlo e, hipócritamente, hagan como si todo estuviera normal, asumiendo frente al sacrificio prometeico del niño una indiferencia pilática. De tiempo en tiempo, algunos jóvenes, y también adultos, van adonde se encuentra el niño, experimentando una reacción de asco y remordimiento que los induce a salir caminando sin rumbo, alejándose de Omelas y desapareciendo para siempre. Nadie sabe adónde se dirigen; sin embargo, los que se alejan de Omelas sí saben hacia dónde se encaminan.

La cuestión viene a cuento a propósito de la actitud hipócrita que asume la mayoría de la población respecto de las muertes producidas en los famosos «intercambios de disparos» en los que, a diario, perecen muchas personas de los extrarradios. La causa eficiente del fenómeno de los intercambios de disparos es la inveterada exclusión a la que ha estado sometida esa población periférica. Ello se traduce en una deuda social acumulada que desencadena una lucha por la sobrevivencia de su parte, manifestada en una criminalidad y violencia que no admite programas de prevención para ser controlada satisfactoriamente, sino la respuesta contingente de violencia por violencia, al menos para mantener la seguridad ciudadana de la que todos nos ufanamos cuando se concreta.  Pero todos sabemos que los extrarradios pagan el precio de nuestra tranquilidad.

Es un mal estructural, con una consecuente e idéntica solución que recurrentemente le han venido dando todos los gobiernos. Todos sabemos que la limitada seguridad ciudadana de la que disfrutamos tiene un precio: la muerte en “intercambios de disparos” de decenas de jóvenes de los extrarradios. Pero, con una hipocresía y una indiferencia piláticas, le entramos al gobierno que esté de turno culpándolo del statu quo. Y quiero ponerme a recaudo de que más de un torpe confunda claridad con complicidad: censuro los intercambios de disparos. Son criminales, inhumanos e indignos de un Estado Social y Democrático de Derecho. Pero no voy a enterrar mi cabeza como el avestruz, ni me prestaré para esta farsa que se quiere montar.

Por todo lo anterior, les digo, y me digo: señores miembros de la sociedad civil, aléjense de Omelas. Señores directivos de las instituciones pro derechos humanos, aléjense de Omelas. Señores de Participación Ciudadana, aléjense de Omelas.

Señores de la FINJUS, aléjense de Omelas. Señores de ADOCO, aléjense de Omelas. Señores empresarios miembros del CONEP —y los no miembros—, no les den solo migajas a sus trabajadores, establezcan con ellos una relación donde impere una justa distribución de sus ganancias; aléjense de Omelas. Señores congresistas que se la pasan “haciendo sus diligencias”, aléjense de Omelas. Señores capos del narco, aléjense de Omelas. Señores dueños de bancas de apuestas y del negocio del tráfico de humanos, aléjense de Omelas. Señores del sector financiero nacional, aléjense Omelas. Señores del Gobierno, acentúen sus ejecutorias tendentes a disminuir la brecha de la pobreza; aléjense de Omelas.

Pero, por favor, dejémonos todos de estar tapando el sol con un dedo, de confundir la política con lo político. Nuestra policía está plagada de defectos porque no está compuesta por ciudadanos nórdicos, sino por personas de los extrarradios provenientes de las mismas entrañas del monstruo, utilizadas por el sistema para acribillar a sus iguales.

Empecemos todos a disminuir nuestra cuota de responsabilidad en los intercambios de disparos y sepamos que, si no ponemos —todos— distancia de Omelas, tarde o temprano no bastará con diez o doce muertos diarios. Si seguimos indiferentes, los extrarradios se unirán y vendrán a por nosotros: Haití sería un buen espejo en el que vernos.

¡ALEJÉMONOS DE OMELAS!.

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