Por CanaldelaMona 24 de septiembre de 2026 4 min de lectura
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LIBRE-MENTE
RICARDO NIEVES
Las pruebas PISA 2025 no han revelado nada que ignoráramos; expusieron el mal de fondo sin retórica excesiva ni justificaciones resignadas. Ratificaron aquello de lo que ya disponíamos suficiente evidencia y una presunción demoledora: hemos fallado en interpretar el final de la hegemonía epistemológica del siglo XX y de una maquinaria pedagógica que ha quedado atrás.
Para los objetivos didácticos del presente, el sistema educativo es un cuerpo inerte, amortajado. El informe PISA lo ha diseccionado: carece de estrategia vital y de funcionamiento práctico. Su ítem estandarizado de evaluación retiene una esclarecida simplificación: el problema educativo sigue siendo multicausal y, como tal, debe abordarse desde el entorno familiar y la deriva tecnológica.
Del paradigma constructivista de Piaget –por recomendación del credo neoliberal y del Consenso de Washington en los años noventa– pasamos al modelo cognitivista y al enfoque individual por competencias. De allí surgieron la horizontalización del aula, la descentralización metodológica, la erosión de la autoridad docente y la autonomía interpretativa del discente.
Discursos constantes de transformación y reformas, en medio de la revolución tecnológica, nos dejaron sin bridas y sin estribo. Desde 2012, sostienen las mediciones, el descenso comenzó a acentuarse progresivamente, mientras el paradigma asiático, arraigado en una severa ética familiar, avanzaba sigilosa y sostenidamente.
PISA no calibró la memorización cruda de datos; ponderó la aplicación y la resolución de problemas prácticos de la existencia común. En nuestro país no hizo más que reafirmar la postración y el estancamiento estructural que, por décadas, padecemos sin despegar.
Desde 2013 –con la inversión del 4% del PIB en educación– los resultados desmienten cualquier afirmación esperanzadora: una astronómica suma que supera los 45 mil millones de dólares dispersa un montón de recursos para obtener paupérrimos resultados. Sin predicciones ni milagros, quedamos frente a la disyuntiva de reorientar el rumbo o de persistir en la ruta espuria que condena a educar para el fracaso.
A semanas de su publicación, las estadísticas revolotean en nuestras cabezas: bajamos seis puntos en lectoescritura, mantenemos el mismo umbral crítico en matemáticas y, por un tris, escalamos un mísero punto en ciencias. Comparado con el promedio de la OCDE, Latinoamérica tiene 3,6 años menos en lectura; 4,1 años menos en ciencias y 4,7 años menos en matemáticas.
Dentro y fuera del país, algunos opinan sobre la inaplicabilidad de PISA en determinados contextos. Un absurdo didáctico que inadvertidamente nos excluye de un mundo complejo, capitaneado por la inteligencia artificial y por la tecnología incontenible. Anegada en la dicotomía del constructivismo psicológico y del cognitivismo pedagógico, Latinoamérica permanece sumida en el ocaso de un conflicto intelectual agotado. Pierde de vista que, aunque a un ritmo menor, dentro del torrencial digital, las preguntas medulares evolucionaron.
Descartada la memorización mecánica de contenidos y las respuestas automáticas del patrón repetitivo tradicional, PISA analizó la facultad de comprender, usar y reflexionar, fundada en metas personales y en dilemas de la vida real. Sin menoscabo del rendimiento cognitivo, recopiló información que involucra alumnos, docentes, familias y directivos escolares.
De ahí que el descalabro sea peor y las consecuencias inexpresables. No privilegió capacidades cognitivas aisladamente; volvió a desvelar una filosofía educativa que, en pocas palabras, adocena multitudes para instruirles, paso a paso, cómo fracasar. Abortando vidas jóvenes, fabricando analfabetos funcionales con una visión carente de propósitos y desmotivada de intereses esenciales.
El análisis transversal constata, de modo radical, que la grieta más profunda está en la lectoescritura y la comprensión lectora. Y si, como afirma Gregori Luri, comprender significa situar un texto en su contexto, cabe interrogar: quiénes y cómo podrán preguntar –incluso en sentido literal– con niveles lexicográficos tan deficientes; sin vocabulario, análisis, síntesis, conceptos ni herramientas fundamentales para entender y argumentar.
PISA no ha profetizado la catástrofe, como insistentemente se repite. Desglosa una falla íntima y el vacío originario de una columna fundamental: la crianza. Porque sólo aquí se forjan las llamadas habilidades blandas (respeto, disciplina, empatía), responsables en gran medida, del éxito relativo o de la desgracia total.
Las pruebas, a duras penas, certificaron la muerte de un tiempo que llevaba décadas sin funcionar…