Carmen Soriano: “la única, la última”

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Carmen Soriano: “la única, la última”

Por CanaldelaMona 10 de septiembre de 2026 4 min de lectura

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OTEANDO

EMERSON SORIANO

Desde la muerte de mi tía Blanca, comenzó a decirme —como ciertamente sucedió— que se había constituido en la única que quedaba de los hermanos de mi padre: «Se acabó, todo se terminó, solo quedé yo, soy la única». Eran sus afirmaciones recurrentes las veces que hablábamos; a decir verdad, empezó a ocurrir de nuevo hará poco menos de seis meses, ya que causas ajenas a nuestras voluntades nos habían mantenido alejados sin que pueda yo ahora identificar una razón de peso a la que pudiésemos atribuir semejante distancia. Distracciones de distinto género, sería una expresión que consuele mi ánimo culpable.

En otro tiempo no fue así. La casa de mi tía Carmen, en el Cruce de Guayacanes, fue para mí parada obligada cuando, desde mi natal Dajabón, transitaba hacia Santiago. Entonces, ya desde que atravesaba el poblado de Laguna Salada, iba mirando hacia la margen derecha de la vía, no fuera a pasarme del lugar donde vivía, que lograba identificar al divisar el ornato de la casa, en cuyo frente crecía, entre otras plantas, una mata de orquídea silvestre de las denominadas pata de vaca. Recuerdo el cariño que me prodigaba al recibirme, las mecedoras de madera de su casa, donde me sentaba a disfrutar de un sabroso guarapo de piña ofrecido como restaurador del ánimo para continuar el viaje.

Pasado el tiempo, me hice más hombre; esto es, estudié, formé familia y con ello vinieron las distracciones que nos ocurren a todos y, poco a poco, sin proponérnoslo, nos vamos quedando rezagados en el trato con muchos de los que antes teníamos más cercanos. Continué mi carrera profesional y de hombre público, que cada vez absorbía más mi tiempo, apenas dejándome lugar para los más cercanos: padres, hijos, esposa y hermanos.  Entonces había un lugar donde siempre, siempre encontraba a mi tía Carmen, allí dondequiera que alguno de sus familiares enfermaba o fallecía. Podía faltar cualquiera, menos ella. Cuando murió Robinson, mi hermano menor, ella estuvo ahí. Cuando enfermó mi padre, ella estuvo ahí. Cuando fallecieron papá y mamá, ella estuvo ahí. Cuando mi hermano Darío hizo su última gravedad y estaba ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos, al salir de esta me la encontré en la cola de una larga fila, casi mendigando un turno a las enfermeras para entrar y verlo.

El lunes pasado ella sufrió un infarto al miocardio. Ya días antes, reanudadas nuestras conversaciones, le había manifestado mi deseo de estar más cerca de ella, de irla a buscar para traerla conmigo a casa, junto a Vitín, su esposo. En la ocasión, remachó su expresión síntoma de pánico o depresión: «Todo acabó, solo quedé yo, ya soy la única». Al enterarme de su ingreso en la Unidad de Cuidados Intensivos, me trasladé a Santiago para que me sintiera próximo. Ella urgió a su hija Brinia, mi prima, a salir más adelantadamente para que yo pudiera entrar.

Siento que fue una experiencia preparada por Dios, un reencuentro con betas de reconciliación en el que el Creador nos permitió conversar en una atmósfera jovial, cargada de amor, del verdadero amor que siempre nos tuvimos y habíamos aparcado en el arcén de los descuidos. Una oportunidad que aprovechamos para darnos reiterados besos y abrazos como nunca nos dimos; besos y abrazos con sentido de una insospechada despedida.
Ayer, a las dos de la madrugada, sonó mi teléfono. Era Johnny, mi primo: «¡se murió, se murió!», repetía sin parar. Entonces confirmé que nuestros besos y abrazos fueron un adiós de acumulado amor acaso preso sin razón, y que Dios nos acercó para traer de nuevo aquellos días de guarapos restauradores, no solo por su frescura, sino por el cariño con que me los ofreció. Ahora ya no la veremos más, hoy será su sepelio y yo no podré estar. Ojalá, entre los presentes allí, aparezca alguien dispuesto a leerle estas líneas y que, además, le diga de mi parte que desde ayer se convirtió para todos en la última, y la única.

Max
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