Por CanaldelaMona 06 de agosto de 2026 4 min de lectura
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LIBRE-MENTE
RICARDO NIEVES
Confesaré, junto al reducido cónclave que comparte estas pesadas disquisiciones, que he sido otro de los lectores fatigados por Hegel. Buceando una y otra vez en el oscuro océano de su obra, salgo vencido por el agotamiento.
Denso y ampuloso, mayormente oscuro, Hegel cautiva tanto por la espesura de su juicio como por lo soberbio y hondo de su estilo abstracto, casi barroco y totalizador. Pensarlo, aun donde aparenta ser parco, nos obliga a volver, desandar los pasos y seguir las huellas de cada capítulo labrado. Para él, si bien no nacieron el mismo día, Historia, Filosofía y Religión no deben verse como tres territorios separados, pues son entidades que partieron y avanzaron juntas. La Historia, sin embargo, es movimiento y, en el fondo, auténtica contradicción dialéctica.
En el trayecto accidentado del pensamiento idealista, Fichte, discípulo de Kant, es el genuino inventor de la Dialéctica (tesis, antítesis y síntesis), pero corresponde a Hegel echarla a andar; hacerla universal. En el epílogo de su tríada sobre el Espíritu -subjetivo (la autoconciencia, el yo fenomenológico, psicológico, íntimo); objetivo (exterior, mundano, normativo, ético); y absoluto (artístico, religioso, filosófico, totalitario)- establece la descripción de ese motor holístico: el Aufhebung. De la mano del devenir del “Geist” y hasta la Edad Media -refiere Tomás de Aquino- la Filosofía se volvió “sirvienta de la Teología”. Es decir, Dios pasó a dirigirlo todo y la Historia a asumirse como “Historia de la salvación”.
De suerte que, en la Modernidad, sin un desmantelamiento definitivo, la Filosofía retoma por cuenta propia su añejo caudal, mientras la Religión, despojada de hegemonía, mantiene “su credo por la fe”. Esa aparente ruptura, con enormes repercusiones en el pensamiento universal, fue para Hegel más que necesaria: la expresión dinámica del proceso general. Al final, y muy a su pesar, la filosofía no elimina las formas anteriores; las asimila e incorpora. Sin Historia no hay Religión ni Filosofía, y sin Religión o Filosofía la Historia pierde sentido.
Surcando distancias colosales, tanto por las neurociencias como por la Filosofía, sabemos que el acto de creer resulta menos engorroso que la ardua faena de pensar. Nuestro cerebro, evolutivamente y en orden de prioridad, fue diseñado para sobrevivir antes que para rumiar acertijos filosóficos. Limitadas a cavilaciones menos complejas, las creencias construyen atajos que, de alguna manera, cumplen una labor esencial: ahorrar energía cotidianamente. Emplear un esfuerzo cognitivo mínimo equivale, en reciprocidad, a satisfacer el impulso material de su preponderante conservación orgánica.
Escuchar, con talante inexpugnable, a personas o multitudes que muestran un convencimiento inquebrantable sobre asuntos que la ciencia y la filosofía aun no pueden explorar desarma la lógica más peregrina y vulgar.
Ejemplo clásico: con un coeficiente intelectual (CI) entre 125 y 127, lejos de los 140 que distinguen al genio natural, Richard Feynmann era un superdotado especial. Padre de la nanotecnología, pionero de la computación y de la electrodinámica cuántica, más que por una inteligencia descomunal destacó por su medular intuición, su severa disciplina y su brillante curiosidad. Ese potencial cognitivo corrobora que la inteligencia no es un factor intrínseco que, por sí solo, determine el éxito o el fracaso de una persona con un CI superior a 140. Lo funcional seguirá siendo un atributo condicionante. En el caso Feynman, el paradigma encierra un pensamiento lento y profundo, matemático, minucioso, radical.
La vieja dicotomía entre pulir el intelecto o trabajar la esfera social no ofrece una argumentación práctica. La hiperfuncionalidad requiere capacidad adaptativa y, ante todo, integración intelectual. En buen dominicano diríamos que un “CI con calle”, que se cultiva y se adapta al contexto puede superar a superdotados sin fogueo ni adaptación psicosocial. Los inteligentes o muy bien dotados no vienen destinados, sin más, con la garantía del éxito asegurado.
Aparte de Kant, Hegel, Fichte, Feynmann o de cualquier otra genialidad, pensar siempre será la empresa humana más empinada y extenuante, incluso en la época digital, donde el atrevimiento cognitivo suele confundirse con ostentosa creatividad…