La Victoria: cierre y demolición

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Libre-menteRicardo NievesEl sistema penitenciario dominicano devela, a primera vista, un legado donde la insalubridad y la degradación se mezclan, a puertas abiertas, con una de las peores lacras: la corrupción estructural. Décadas de descomposición hoy son enfrentadas por la Dirección General de Servicios Penitenciarios y Correccionales (DGSPC) y la Oficina Nacional para la Reforma Penitenciaria (ONAPRET), encabezadas por Roberto Santana.
Las transgresiones en la Penitenciaría Nacional de La Victoria destapan niveles de ilegalidad y deshumanización que arrasan con la dignidad de los internos y la institucionalidad del Estado. El viernes 13 de junio conocí el trasfondo de esta realidad alucinante y monstruosa.
Detrás de la fachada deformada subyace una historia deprimente y amarga. Símbolo del terror y la sangre de otros tiempos, la impresión, en el primer patio, oscila entre la frustración y el espanto. Un escondrijo que oscurece la sensibilidad humana y lo anormal se vuelve rutina con insólita naturalidad.
Desvencijado y ceniciento, el recinto alberga una población aplastada en los tugurios de la suciedad y el hacinamiento, mostrando las guaridas infamantes del confinamiento. Su laberinto de pasillos, angostos y sombríos, atestado de negocios, parece flotar bajo las luces amarillentas y borrosas, entre mercancías ligeras y comidas dudosas. Una retahíla de colmados y pulperías sobre calzadas inconexas distraen la mirada, bajo el techo descascarado, de los privados de libertad que dejan entrever el brillo de sus ojos atravesados por la crudeza del desaliento y su destino tenaz.
Producto del abandono y el apiñamiento crónico, el hedor traspasa distancia: un ambiente sofocante y denso que delata, acumulados, la indiferencia y el descuido de los años. Cada trecho, desproporcionado, con decenas de jaulas apretujadas -incluso las alquiladas a precios escandalosos- está diseñado para multiplicar el menosprecio, que echó raíces hondas dentro de las venalidades del reclusorio.
La complicidad y la corrupción, disputadas mano a mano, desde el pasillo central y hasta el corazón del presidio, agravan el desorden. La agitación y el vapor maloliente cohabitan entre rústicas paredes, mientras el negocio ilícito cuenta con licencia para operar aquel aparato fantasmal. La descomposición, en pocas palabras, sostiene la anarquía, y ésta, el mando del penal. El segundo pabellón -para quienes pueden pagar- aloja las celdas de los “privilegiados”, es decir, de los menos desdichados. Provistas con baños tolerables, televisores (¿internet?), camas estrechas pero acomodadas, abanicos o aires acondicionados. Las paredes, que ocultan la suciedad latente, tapizan el ambiente escurridizo de la pintura encubierta, además de otras comodidades en oferta.
La Victoria ostenta, a buen recaudo, el mayor rango de corrupción del sistema penitenciario, resistiendo el paso del tiempo que hoy decreta su cierre total y, por consiguiente, la pérdida de las canonjías y su lucrativo mercado.
Un antro de calamidades que produce dinero adentro y delitos afuera, reproduce vicios colaterales espeluznantes: extorsiones, chantajes, sicariatos, delincuencia electrónica y una cadena de infracciones vinculadas al submundo de la barbarie.
La batalla para terminar sus desmanes registra una odisea de fracasos: todos los directores, con La Victoria, han salido derrotados. Incendios, motines, reyertas, teléfonos destruidos horas después de ser instalados, drogas y armas, forman parte del abanico criminal que ha saboteado siempre la transformación penitenciaria.
Esta vez, sin embargo, se escribe otro relato. El Centro Correccional Las Parras (Municipio de Guerra) dista mucho de ser un espacio ideal. Contra toda advertencia técnica fue levantado en uno de los lugares menos apropiados, donde llueve 20 días del mes, está a 60 km del límite Oeste de la Provincia Santo Domingo y ocupa un territorio inundable y vasto con lagunas y humedales. (Solo en rellenos debieron “invertirse” 1,093 millones “para corregir el desbalance”). No obstante, la disciplina, el control, la alimentación, el trato humanizado y la educación han provocado un giro copernicano, luego que el megaproyecto recibiera las correcciones arquitectónicas y adecuaciones estructurales para hacerlo básicamente funcional, pese a sus inaceptables dimensiones para acoger más de 8 mil internos…
En La Victoria, de una población de 5,275 internos, bajo supervisión profesional, los traslados -iniciados en noviembre del 2025- alcanzan 2,068 seleccionados, mientras 3,207 aguardan ser movilizados. Según el cronograma, a principios de julio llegará un grupo mayor, totalizando 4,268 y quedando pendientes 808 internos. La determinación de la DGSPC y la ONAPRET ha sentenciado su cierre definitivo, irrevocablemente, para el próximo año…


















