Cuando la vanidad supera la humanidad

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Cuando la vanidad supera la humanidad

Por CanaldelaMona 08 de agosto de 2026 2 min de lectura

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OTEANDO

EMERSON SORIANO

Uno de estos días pasados viví una enriquecedora experiencia con un personaje de estos que suelo llamar de A.B.M. (Allante, Bulto y Movimiento). Nuestro protagonista llegó a un almuerzo al que fuimos convocados los “comunicadores” -adjetivo tan de moda como desacreditado- por el honorable presidente de la Junta Central ElectoralRomán Jáquez Liranzo, en el que se nos daría detalles acerca del progreso hecho por el nuevo sistema de cedulación del organismo. El personaje relojeaba el lugar con su vista de águila capaz de identificar a leguas a “merecedores” de su fingida devoción, y créanme que parecía irlo logrando con sobrada presteza hasta que yo, movido por un exceso de cortesía, luego de haberlo identificado como el hijo de un amigo ido a destiempo, me levanté de mi asiento y corrí a prodigarle mi afecto por mor de ser descendiente de aquél.

Al alcanzarlo, advertí que mi presencia interrumpía su afanosa pretensión de ser identificado no por mí, sino por sus futuras víctimas -casi se empinaba por encima de mi hombro en aquel ejercicio que devenía insuficiente-, y entendí tardíamente mi falta de prudencia al acercarme a este ser lleno de vanidad y de nada disimuladas ansias de connotación. Pero ya estaba ahí, frente a él, y sentía que todos veían con asombro lo indiferente que le resultaba mi presencia a este megalómano. Así que, me armé de valor y, con voz queda le dije: ¿Eres hijo de fulano? A lo que el altivo joven respondió afirmativamente. Bueno -le dije-, pues quiero presentarme contigo, fui amigo de tu padre, de quien conservo gratos recuerdos por las hermosas veladas que compartimos en casa de un amigo común, José Contreras (Cadino), y quería saludarte y decírtelo.

El muy creído “comunicador” se mostró muy indiferente cuando le expresé el cariño especial que le tuve a su padre, mientras seguía empinándose por encima de mi hombro, al tiempo de hacer visera con su mano derecha, pretendiendo otear en el extremo del salón en busca de una víctima vieja, acreedora de su adulación, o de una nueva con quien poner en práctica su elaborada fórmula para conseguir una efectiva presencia, solo habiéndome dicho: “Amjá, pues endósemelo a mí”, para, a seguidas, huir hacia la derecha como el león Melquiades evitando mi inoportuna presencia. Me devolví a mi asiento con el sabor amargo de haber pasado por sobrado ante alguien sin la nobleza suficiente para entender de memoria afectiva ni de lealtades, pero tampoco de correctos modales, cosas que ocurren cuando la vanidad supera la humanidad.

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