Por CanaldelaMona 28 de septiembre de 2026 5 min de lectura
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OTEANDO
EMERSON SORIANO
Siempre que se hace una historia se quiere contar algo, de una cosa o de una persona, o tal vez impresionar a otro, a algunos o a todos. Es la naturaleza del hombre. Es un ser de relato. Y por eso los inventa, los cuenta, los escucha y los procesa. Así que, en ese arte de contar historias, estas serán tan abundantes y disímiles como relatadores existan y motivos tengan.De modo que, consideradas las aristas que tiene un relato, comporto cierta confusión en relación con la impresión que pueda causar este en su destinatario —dando por descontado que no me es dable adivinar su posible efecto perlocutivo—. Con todo, me aventuro a decir o a contarlo todo como sigue:
El reloj marcó las 4:53 de la tarde del miércoles 28 de septiembre de 1983. En los pasillos de uno de los pisos de la Clínica Corominas, en Santiago, caminaba un joven con pantalones jeans y camisa azul de rayas negras (regalados por la tía Mery), de pelo rebelde y patilla pronunciada hasta la región geniana; en fin, de aspecto aún tosco —o al menos así se ven ahora sus fotos de entonces—. De pronto, oyó el esperado llamado de la enfermera de turno en la sala de partos: «¡Ya, venga! Es un varón», dijo con voz suave y tierna y rostro satisfecho, como quien ha tenido la dicha de un logro más: ayudar a traer otro niño vivo al mundo.
El corazón del joven padre empezó a latir más rápido conforme oía a lo lejos un grito de melodioso color. Se agolparon en su pecho una miríada de confusas emociones: «Mi primer hijo, ¿cómo será? Deseo verlo». Y luego: «¿Y ahora cómo hago para proveerle todo, que no le falte nada? ¡250 pesos no alcanzan para pagar casa, luz, agua, teléfono, comprar comida, gasolina y, como si fuera poco, darle todo a mi vástago!». Mas, retrotrayéndose a las enseñanzas maternas, se dijo: «Dios proveerá, por ahora voy a disfrutar de mi muchacho».
«Franklin D. Soriano Cabrera. Fecha de nacimiento: miércoles 28 de septiembre de 1983. Hora: 4:53 p.m. Peso: 9 libras y 3/4», decía la ficha donde, además, se veía impresa en color azul añil la huella de su piececito derecho. El bebé estaba en una cunita para recién nacidos en la que lo transportaban hasta la habitación de la madre. Al papá le entraron unas ganas de empezar a proveer: constantemente introducía sus manos en los bolsillos para confirmar si seguían ahí los 300 pesos tomados en préstamo, como prevención a cualquier contingencia, al pontífice de la usura: Niño Bueno. Este prestamista, apostado en la puerta de «La Tabacalera», esperaba a sus deudores los días 15 y 30 de cada mes con las sanas intenciones de desplumarlos.
Empezaron los mimos, los trasnoches y las duermevelas, llevando los padres el hogar, el trabajo y la universidad al mismo tiempo. Los desafíos empujaron a la búsqueda de un aumento de ingresos y los hubo en vastedad, pudiendo decirse que al niñito de entonces, y a sus hermanos por venir, sus padres pudieron darles “un buen colegio de pago y el mejor de los bocados”, la mejor universidad, el mejor club social y el mejor auto de entonces —y que Dios no nos deje volver vanos por ello, pues la gloria es toda suya—; en fin, también los mejores estudios de posgrado y el mejor ambiente familiar. Se cumplió con presteza el compromiso contraído con aquellos a quienes traes sin su permiso al mundo, y así lo manifiestan ellos ahora.
Sobre mis hombros lo cargué día por día para buscar nuestro carro al parqueo y llevarlo al colegio. Con papel hicimos juntos barquitos para echarlos a navegar por los contenes de la calle Cuba; aviones para lanzarlos a volar hasta chocar con el techo de la casa, y los mejores «tirapó» del mundo. Volamos las mejores chichiguas desde El Monumento de Santiago; jugábamos a enviar un correo a través del hilo de aquellas; les soltábamos hilo hasta verlas desaparecer más allá del río Yaque, y también sufrimos juntos la amargura de verlas «romper hilo» a esa distancia, dejándonos por todo inventario el trozo de madera donde lo enrollábamos.
Una tarde gris se lo entregamos en la Catedral Santiago Apóstol a Pamela Libert, nuestra querida hija también, título que se ha ganado por su entrega a su esposo y a sus hijas (nuestras nietas). Ayer lo vi. Ya no es el niño de antes. Ahora da órdenes, lleva poblada barba salpicada por la nieve de los años, rasgos que confirman mi verdadero otoño y mi cercano invierno. Ya no pide «ninero» ni paseos a La Chimenea a comer pizza y montar columpios. Ahora va y los compra por sí solo. Ya no lo puedo llevar sobre mis hombros: mis fuerzas disminuyeron y su tamaño aumentó. No puedo cuidarlo todo el tiempo. No sé a qué hora llega a casa, lo que aumenta mi insomnio. Pero me consuela que aún «es ahí», en el sentido heideggeriano del término, y lo llevo de manera obstinada en mis plegarias para envolverlo en la llama violeta transmutadora y en la llama rosa del amor. Para que adondequiera que vaya esté protegido y dondequiera que esté proyecte las sanas enseñanzas de amor, paz y comprensión del prójimo que le inculcamos su madre Rita y yo.
¡Que Dios te bendiga hoy y siempre, mi hijo lindo, mi querido Fanfarío!