Por CanaldelaMona 14 de mayo de 2026 4 min de lectura
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Ricardo Nieves
Desear –comenta Agamben– sigue siendo lo más simple y humano de la existencia, la más ordinaria tarea mental del vivir. La naturaleza del deseo manifiesta la forma en que nos vemos y nos arrojamos frente al mundo. Desear la maldad –siempre que haya predisposición y condiciones– encierra una de las mayores complejidades de la condición humana. Pero el dilema arde cuando se transforma en voluntad; es decir, en una fuerza resolutiva que logra su exteriorización material.
El debate es ancho y las dudas imperdonables mientras las heridas concretas del mal nos perturban, sin entender las horas trágicas ni su doloroso final. ¿Por qué deseamos y declaramos voluntad para ejecutar la maldad?
Los valiosos descubrimientos de las neurociencias intentan desentrañar las raíces de esta categoría ensombrecida de la conducta que se enseñorea con la malignidad. No contamos, sin embargo, con un marco científico que abarque cabalmente el comportamiento basado en la crueldad.
La criminología expone, con implacable crudeza, un catálogo extenso de casos que, a través del tiempo, nos retrotrae a las mentes maestras del desprecio humano más extremo. Entre tantos, resuenan nombres incomparables y aterradores.
En un registro siniestro de las mentes más despiadas y escalofriantes: Ed Gein, John Wayne Gacy, Ted Bundy, Jeffrey Dahmer, Charles Manson, Andréi Chikatilo, Luis Alfredo Garavito…Cada perfil exhibe su propia marca criminológica y su ritual privado: un territorio oscuro donde cada mentalidad criminal exige un examen aparte.
Pese a las diferencias, todos terminaron tejiendo una misma estela de violencia, miedo y sangre.
Hoy, el punto crítico de la disputa científica se centra, y es lógico ponderarlo, en los acertijos del cerebro humano. Neurocientíficos y filósofos, desafiados por su origen neural, siguen apuntando a la conciencia, al extravío innombrable de esta en cada uno de los señores del mal.
¿Qué pueden traer o acumular aquellos cerebros que, al margen de las cartas culturales, deciden jugar con el sufrimiento y el dolor, imperturbables? ¿Dónde desaparecen los bordes claros de la compasión para convertirse en tenebrosa perversidad? ¿Por qué, incluso saltando la capacidad mínima de representarse el sufrimiento ajeno, experimentan cierta fascinación?
Hablamos, en términos generales, del trastorno antisocial de la personalidad (TAP), condición que, erróneamente, el lenguaje común denomina psicopatía. Aunque sus rasgos no traducen necesariamente una patología mental, su respuesta emocional –narcisista, sin remordimientos ni culpa, con baja empatía, manipulación e impulsividad– impone los deseos propios sobre el bienestar de los demás.
El trastorno recrudece –argumento suficiente para su tipificación legal– cuando el sujeto, animado por la impetuosidad y la despreocupación empática, además del dolor causado, reconoce el sufrimiento del otro y lastima sin miramientos morales ni temor a la sanción judicial.
Para psiquiatras y neurocientíficos el TAP delata lo que a menudo se describe como el “perfil perfecto del psicópata clásico”. Un resumen, casi invariable, de atributos comunes: encantadores, elocuentes, agradables, elegantes. El predador curtido es, por lo común, un manipulador experimentado, y todo cálculo gira en torno a su atención personal y a una acicalada identidad.
¿Están determinados por la genética o por las peculiaridades del entorno social? ¿O acaso responden a circunstancias psicosociales que cobran notoriedad por las alteraciones sufridas dentro de una infancia horrible y lastimada? Ambas influencias pueden interactuar y complementarse.
De hecho, existe consenso científico en cuanto a que los sociópatas –forma correcta de encasillarlos– tienen problemas latentes de conectividad entre las partes cerebrales. Pérdida observable de los circuitos límbico-corticales, responsables de la empatía, el entendimiento, la preocupación y la conciencia; drama que se agrava en medio de un ambiente familiar fracasado.
Es como si los marcadores biológicos encontraran el dedo ideal que hala del gatillo para disparar al blanco de la personalidad antisocial. Según diversos estudios, a la biología y la genética se les atribuye un 30% de la explicación, mientras que, a los defectos de la crianza, alrededor del 70%.
¿Pueden ser reeducados y rehabilitados socialmente?