El cacao ratonero y los recuerdos achocolatados que aún huelen a campo de Miches

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OPINIONES

El cacao ratonero y los recuerdos achocolatados que aún huelen a campo de Miches

Por CanaldelaMona 14 de mayo de 2026 3 min de lectura
Rompeolas

Robert Linarez

Hablar del cacao no es solamente hablar de chocolate. Para muchos de nosotros, especialmente los que crecimos entre montañas, caminos de tierra y fincas agricolas, el cacao es memoria viva. Todavía puedo cerrar los ojos y regresar a Los Mamones, a Jayán y a La Majagua, aquellas tierras de cacaotales propiedad de mis abuelos, donde gran parte de la familia y colaboradores nos reuníamos en tiempos de cosecha como si se tratara de una tradición perfecta.

La cosecha, o tumba del cacao orgánico, era casi una ceremonia. Allí, durante el proceso, cantábamos, reíamos, cocinábamos, bailábamos,hacíamos chistes, entre muchas otras cosas. Primero, con un gancho filozo amarrado o incrustado a un palo largo, tumbábamos las mazorcas desde los árboles mientras otros las recogían y las apilaban en montones. Después, otros las metían en sacos o canastos y las subíamos a los caballos, atravesando caminos húmedos hasta llegar al lugar de acopio, donde se picaba el cacao sobre yaguas de palma. Allí comenzaba otro proceso: desgomar o desgranar, ensacar y llevar al secadero aquel fruto que luego sería vendido tras días enteros moviéndolo bajo el sol. Todo era trabajo duro, pero también era compartir en familia y junto a colaboradores tareas laborales realizadas por un verdadero equipo.

Pero dentro de aquella rutina del campo existía algo que, para nosotros, los muchachos de la casa, tenía un significado especial: el famoso “cacao ratonero”. Mi papá tenía una regla clara: todas las mazorcas que los ratones hubiesen mordido para beberse el jugo y que luego cayeran al suelo pasaban automáticamente a ser propiedad de los menores del equipo. Aquel cacao parcialmente seco, abandonado entre hojas secas y tierra, se convertía en nuestro pequeño tesoro.

Mientras los adultos trabajaban la cosecha, nosotros también lo hacíamos junto a ellos, aunque podíamos desviarnos y separarnos del equipo para recorrer la finca buscando los granos en el suelo de las mazorcas mordidas por los ratones. Las recogíamos con entusiasmo porque sabíamos que al final del día las venderíamos y dividiríamos el dinero entre todos los menores del grupo. Con eso comprábamos muchas cosas: dulces y golosinas, pequeños caprichos o cualquier antojo de muchachos de aquella época. Sin saberlo, aquellos granos de cacao representaron los primeros ingresos de mi vida, ganados con el sudor, bajo el sol y entre inmensos e interminables cacaotales propiedad de varios dueños.

Con los años entendí que detrás de cada quintal de este fruto vendido existía mucho más que agricultura. Había sacrificio, disciplina, unión y una cultura campesina que hoy muchos jóvenes apenas conocen. El cacao dominicano, reconocido mundialmente por su calidad orgánica y su fino aroma, nace precisamente de historias como estas: familias enteras trabajando juntas, cuidando la tierra y viviendo del fruto que durante décadas sostuvo miles de hogares rurales y que todavía hoy continúa siendo el sustento de muchas familias dominicanas.

Hoy el mundo habla del cacao gourmet, de exportaciones millonarias y de chocolates exclusivos. Pero para mí, el verdadero valor del cacao sigue escondido entre aquellos amaneceres húmedos de Miches, donde el sonido de los caballos, el golpe de las mazorcas al caer y el olor dulce de la tierra mojada parecían escribir poemas invisibles sobre los caminos enlodados. Allí aprendí que la riqueza no siempre se calcula en dinero, sino en los recuerdos sembrados entre la familia, colaboradores, el trabajo y la tierra; recuerdos que, como el aroma del cacao recién secado al sol, jamás abandonan el alma.


Jueves 14 de mayo de 2026

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