Mi memoria es deplorable. Sin embargo, entre los retablos desgastados de los recuerdos, algunos permanecen imperturbables: la cafetería de la Librería Cuesta es uno de ellos.
No se trataba de una peña, sino –en palabras indispensables– de una costumbre solícita, irrenunciable. Sin citas ni convocatorias, uno por uno llegaban hasta completar las tres mesas habituales. Jamás supimos –al menos los últimos en incorporarnos– cuándo iniciaba ni cuándo concluía aquella extensa conversación. Cada plática era, en realidad, una prolongación.
Como un arúspice sagrado, Leonte Brea, junto al maestro Amado Reyes (EPD), ocupaba la mesa principal, que también integraban Fausto Catalino y Juan Pablo Uribe.
Alberto Perdomo, Iván Gaton, Alexis Read, Guelo Tueni, Rienzi Pared Pérez, Teddy Hernández Alejandro Herrera, Gustavo Rojas y Bienvenido Peña, encabezaban la más numerosa. Mientras Miguel Decamps, Víctor Rodríguez, Antoliano Peralta, Ramón Constanzo, Ramón Gómez y Jaime Terrero, completaban la tercera…Odilio Pérez presidía una cuarta mesa, sabatina, con fieles seguidores de Tomás Bobadilla, dedicada a reflexiones teológicas y disquisiciones históricas.
Distante, en el fondo gris, la presencia constante de Vianco Martínez remataba con su escrupulosa puntualidad.
La nostalgia evoca un extraño artilugio mental que entremezcla recuerdos agradables con opacas imprecisiones. Los lugares, para la memoria, son equiparables a habitaciones amuebladas. En tanto que la esfera inconsciente –cuyo funcionamiento imita un taller silencioso– se encarga de reparar y ordenar, pieza por pieza, el rincón de los recuerdos sobrevivientes. Artera y oscura, la recámara que aloja la memoria funciona menos como un archivo general y más como una estantería incompleta.
De cualquier forma, los recuerdos subsisten porque encuentran lugares para habitar.
Por ese detalle, sutil y capcioso, los romanos imaginaron, y hasta llegaron a levantar, un palacio para la memoria. De lado a lado recorrían un pasillo provisional, marcado para orientar y rememorar sus alargados discursos (orationes), según la necesidad. Hoy entendemos que, aunque desconocieron las neurociencias, practicaban un método mnemotécnico in loci, ideado para adiestrar el arte y oficio de memorizar.
Comprendemos, con suficiente exactitud, la mecánica de la memoria: merced a sus relaciones con las cosas, las personas asocian imágenes y emociones hasta reconstruir y recuperar experiencias brumosas. Hábitos y repeticiones, entre cuadrantes y sombras, donde los recuerdos, intactos o borrosos, pernoctan y logran amontonarse.
Sea como fuere, la cafetería de la Librería Cuesta despejaba un recinto de azares afectivos y convergencias fraternales. La travesía ondulada de los recuerdos resulta demasiado caprichosa: arrastra tanto episodios nostálgicos como momentos indeseables. Por el contrario, esas nimiedades de los años nos ayudan a descascarar, con una manía incurable, el óxido que el tiempo deposita sobre las personas y sobre los objetos temporales.
Con todo, extrañamos la cafetería porque allí intercambiábamos las virtudes diminutas de una estancia que armonizaba los susurros de la amistad y la cofradía de los afectos. Atrás quedaban las disgregaciones políticas, las distancias ideológicas y la mala fama –usualmente unánime– de ocasionales sujetos innombrables.
Añoramos, sin más, la acogedora camaradería del segundo piso; su sarta de menudencias irremplazables: el frío café, el chocolate y el croissant, los lectores que intimaban callar, las sillas numeradas y dispuestas, los murales apagados, las pinturas pretendidamente surrealistas, los libros recién llegados, el eco reverberante de las voces que porfiaban y que luego ya no están…
De antemano supimos que sus días de pálido esplendor habían terminado; que, como el tiempo, el mercado es implacable, despiadado. Nos aferrábamos, comoquiera, a la promesa incierta de que tan solo sería un retoque momentáneo, alguna remodelación coyuntural.
El día que la cerraron, los contertulios –aturdidos– experimentamos una sensación semejante a la vivida por los hermanos del cuento “La casa tomada”, de Julio Cortázar. Nuestro desalojo, empero, fue circunstancialmente distinto: ellos habían sido expulsados de su legítima propiedad; nosotros, en cambio, soportábamos el rumor esparcido y amenazante del cierre definitivo de la biblioteca monumental.
Fuera suerte o virtud, y gracias a sus pilares fundacionales, la emblemática librería ha permanecido en pie, a salvo de los atrevidos fantasmas que insinuaban expulsar a lectores y visitantes. Resistiendo con tesón a una legión de atacantes furtivos y de acosadores cibernéticos, desafiantes y temidos…