miércoles, mayo 22, 2024
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La era digital y su impacto en la vida política y privada

  • Por José Carlos Guerrero

Desde finales del Siglo XX la humanidad ha experimentado grandes cambios que han redefinido el papel de muchos elementos que se han ido perdiendo en la obsolescencia, producto de las innovaciones que afloran en la era del conocimiento donde imperan el uso de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, a tal punto que, en la actualidad, los que permanecen al margen de la tecnología tienen en su detrimento un nuevo concepto que los estigmatiza: “analfabetos tecnológicos”.

La corporatocracia se ha impuesto en el mundo actual de una forma sorprendente, esto porque todas las innovaciones, luego de su origen, ya sea desde el seno de las universidades con sus proyectos de investigaciones o invenciones particulares, al final, las ideas se canalizan, se transforman y llegan a los usuarios de la mano de las empresas cuyas marcas se posicionan en los primeros niveles de los rankings globales, como es el caso de las compañías que generan y administran las redes sociales, así como también las que comercializan el uso del Internet y las telecomunicaciones en general, de ahí la importancia del “Big Data” o el manejo de macrodatos.

La capacidad de almacenamiento de datos por persona se duplica cada 18 meses, según la Ley de Moore, creada por el cofundador de Intel, Gordon Moore. En ese mismo orden, se están creando más de 2.5 quintillones de bytes de datos diariamente, números que se incrementan de forma exponencial con el paso de los años.

De manera que, la era digital ha afectado a todos de una u otra forma, un claro ejemplo de ello, es la modificación curricular en los centros educativos desde la educación inicial hasta su fase superior, para crear ciudadanos a la vanguardia de las exigencias de los nuevos tiempos.

El modelo consuetudinario de la acción política ha tenido que reinventarse constantemente para ajustarse a la evolución que han venido observando los espacios habituales de comunicación, sin embargo, es necesario desmontar muchos sistemas que todavía prevalecen en el quehacer político y que no contribuyen a la apertura que demanda la democracia moderna; por el contrario, hay una serie de vicios que han sido acogidos y replicados en distintos países, sobre todo en América Latina, que no han hecho más que sumergir la democracia en una crisis que parece no tener solución y que lleva al pueblo a cuestionar hasta qué punto es viable esa doctrina y forma de gobierno.

Es cierto que las administraciones públicas han asumido las transformaciones actuales de forma positiva, ya que todas tienen sus sitios web y una presencia activa en las distintas redes que les mantienen en contacto con los ciudadanos, no obstante, hay muchas instituciones que tienen sus páginas de internet sólo para llenar requisitos, por consiguiente, no son tan eficientes como deberían.

Lo mismo pasa con los mecanismos de la ciberpolítica, dado que los partidos, entes que fungen como principales promotores de la interacción política, están utilizando los canales que aporta la tecnología de forma unilineal ya que, generalmente, sólo promueven sus propuestas e ideologías, pero dejan de lado lo que tienen que decir los ciudadanos respecto de sus mensajes difundidos con la modalidad del “broadcasting” o radiodifusión. Esta modalidad se extrapola a los gobiernos, los cuales, muchas veces, desde su nube de poder, no prestan atención a las inquietudes que emanan de las bases de los estratos más vulnerables de la sociedad.

Sin lugar a dudas, es bien sabido que la tecnología se ha convertido en un eje fundamental del desarrollo, esto se demuestra con la accesibilidad que existe hoy en día para la adquisición de productos y servicios; casi todo cuanto se puede desear, se consigue sencillamente presionando unos cuantos clics en el mouse del computador, o en su defecto, en las pantallas táctiles de los “smart phones” o celulares inteligentes.

En consecuencia, los medios tradicionales que precedían las nuevas herramientas tecnológicas han perdido una gran parte de su rol preponderante, esto incluye la pérdida del monopolio de acceso y difusión de la información, que mantenían los medios de comunicación y la prensa durante un largo período de la historia.

En nuestros días, la información vuela y se comparte de forma descomunal, ya tenemos acceso a “links” o enlaces que nos llegan desde los lugares más distantes en términos geográficos y de cualquier otra índole, en fracciones de segundos y a medida que los usuarios comparten, estos contenidos se vuelven “virales”; además, las personas interconectadas pueden emitir sus opiniones, fijar puntos de vista sobre temas, criticar, aupar, promover y generar criterios de toda clase, lo que le agrega un valor muy significativo al uso de las redes.

Como no todo es color de rosa, es preciso señalar que, una vez las personas configuran sus cuentas y se relacionan en las plataformas de la -Gran Red-, esta permea su privacidad, dejando a los usuarios totalmente expuestos al compartir sus informaciones íntimas con el resto de los actores indistintamente, sin importar si son buenos o malos, lo que permite muchas veces que la información llegue a las manos equivocadas, esto acarrea consecuencias funestas a innumerables víctimas que sufren perjuicios que van desde el robo de identidad hasta el secuestro físico, en virtud del uso y alcance desmesurado de la información particular que se postea en las redes sociales.

 

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