Trump: La gramática de la hegemonía

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 Ricardo Nieves

En la cartografía de un mundo que se reconfigura entre declives y ascensos imperiales, Venezuela queda situada en la encrucijada civilizatoria del llamado “tercer orden mundial”. Transición hegemónica inevitable que, al resquebrajar sus propias reglas, amenaza con la anomia y el caos global. A juzgar por las operaciones estadounidenses (audaces, relampagueantes) en territorio venezolano, un mar de conjeturas devela una trama coyuntural tan sospechosa como sofisticada.

De cara a lo previsible, Venezuela emerge como polo geoestratégico vertebral, bajo la sombra del lenguaje imperial: la doctrina Monroe y el destino manifiesto. Un pivote de la “estrategia de seguridad nacional” para frenar la expansión china y rusa en el continente y, sumado a esto, mantener el flujo arterial de recursos estratégicos inestimables.

Expertos anticipan que lo sucedido allí definirá el modo en que el resto del hemisferio se relacionará con Washington. La intervención militar no ha modificado su misión: los episodios proyectan un escenario geoestratégico que barrerá con el pacto jurídico y el teatro geopolítico vigentes.

El “tercer orden mundial” desmantela la arquitectura geopolítica presente y reconstruye una concepción hegemónica que, según Martin Wolf, expandiría la seguridad nacional y la política exterior estadounidense, más allá del eje trasatlántico y del Ártico, hasta el litoral Asia-Pacifico.

Venezuela, Irán y Groenlandia, en extremos distintos, comparten un objetivo común: asegurar recursos estratégicos cada vez más disputados y escasos, en un contexto multipolar incandescente.

Proclamar el final del orden internacional es sustraerse, con fingida candidez, de los acontecimientos históricos más elocuentes de los últimos 80 años. Las mismas áreas de influencias, las conveniencias comerciales, las justificaciones bélicas y las humillaciones imperiales. El descontrol absoluto -como vaticinara Ferrajoli- origina el “vacío del derecho internacional público”, tambaleado por las relaciones tirantes del poderío global.

Hoy la OTAN se defiende de la propia OTAN en el hielo resbaladizo de Groenlandia. Presenciamos los testimonios devastadores de la guerra ruso-ucraniana, y del derrumbe civilizatorio que expone el exterminio brutal de Gaza. Infelizmente: nuestra generación también comprobó, en tiempo real, los funerales éticos de la ONU.

De hecho, Trump sólo desempolva (del receso conveniente) el imperativo de la fuerza y la intimidación, desvencijando convenciones y reglamentos del sistema universal. Los fantasmas autoritarios e imperiales acostumbran a invernar durante períodos determinados, para luego desenterrar ideales polvorientos que, hasta entonces, creíamos sepultados.

El antiguo banderín del destino manifiesto -escribe Xabier Irujo (2025)- sirvió de inspiración al spazio vitale de la Italia fascista, al Hakkó ichiu del Japón imperial y al espíritu implacable del Lebensraun alemán: apropiación territorial y “expansión inevitable” que garantiza tomar los recursos estratégicos del país invadido o del territorio anexado…

En la gramática de Trump no hay murmullos ni términos medios: “Canadá debería ser el estado 51de EE. UU; vamos a gobernar y permanecer en Venezuela por muchos años; podemos atacar militarmente a los carteles en suelo mexicano; necesitamos tomar a Groenlandia, por las buenas o por las malas”. Sin reparos, cada frase contiene la levadura de una voluntad totalitaria, porque, a fin de cuentas, comulga con el “destino invocado.”

Fuera de las ridículas movilizaciones europeas, Venezuela y Groenlandia atesoran, por sus riquezas naturales, eslabones fundamentales para la cadena de la civilización digital en marcha. Patética, la postura de la eurozona es de una abdicación abominable: un orgullo ajado que vacila frente a la soberanía y en las ruinas del derecho consuetudinario. Más que militar -sostiene Trump- el problema europeo es civilizacional: inmigración, pérdida de identidad, baja natalidad, debilitamiento moral y caída cultural…

Como fuere Europa pasó de un equilibrio miméticamente funcional a una entelequia geopolítica y un hazmerreir planetario. Al margen de sus resultados, las ambiciones imperiales sobre Groenlandia han doblado las campanas de la Unión Europea que, desmoralizada, se negó a mirar las atrocidades en Gaza y las consecuencias predecibles de la guerra ruso-ucraniana.

Inflamado, el lenguaje trumpista resuena de acuerdo con el timbre de las palabras disparadas: “No necesito del derecho internacional; para actuar solo me limita mi propia moralidad. No busco hacer daño a nadie” …En su íntima convicción -providente y destinada- su moralidad personal le basta, encima del ordenamiento universal se afianza su creencia de actuar “buenamente” en toda causa.

Señales visibles de una hegemonía decadente y de un mundo que resbala…

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