El eco eufórico del rebaño digital

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 Ricardo Nieves

Fernando Ferran, admirado pensador y filósofo, publicó un artículo (Acento, 2-12-2025) que, con lúcida precisión, desentraña los tejidos ocultos de un fenómeno sociocultural no menos célebre que desafiante. Describe una categoría del éxito fundada en la extravagancia, la evaporación de lo fundamental y en la anulación íntima de la autenticidad. Abandona la mera interpretación discursiva -oscilante entre la capa del héroe o la facha del bribón-, adentrándose en las grietas oscuras que deforman nuestras instituciones ético-sociales: los impactos socioculturales y políticos que, por diversas opiniones, sugieren descabalgarse del reality show “La casa de Alofoke”.

El streaming, seguido a diario por dos millones durante cinco semanas, se convirtió en ágora virtual y espejo sociológico nacional. Reflejó y expuso mutaciones culturales, modelos estereotipados, patrones identitarios y la banalidad consumista de segmentos mayoritarios.

Ferrán no dicta lecciones moralistas, sentencias complacientes ni planteamientos inapelables. Razona sobre un drama crucial: el desplazamiento del paradigma local hacia un entorno virtual y el régimen híbrido del info entretenimiento global.

Desestima la clasificación petrificada de los ideales axiológicos de la tradición, ya perforados por el sincretismo del individualismo narcisista y del egocentrismo excesivo y ramplón. Objeta el etiquetado de “bueno” y “malo”, porque ignora la amalgamada complejidad del eslabón cultural que, a decir verdad, no es exclusivo del ecosistema dominicano.

En su artículo intitulado “Alofoke y lo que aún falta”, reflexiona: “Complejidad y agonía de una sociedad…destello y reflejo quebrado del espejo roto de nuestras instituciones. Su popularidad impactante escucha lo que otros dejaron de oír: la respiración del barrio, la impaciencia del joven talentoso, la avidez de fortuna que no encuentra su nombre en lugar propio, en ninguna aula, en ningún partido político y tampoco en alguna asociación de padrinos generosos”.

“Alguien que no gesticula desde el pedestal, no habla desde arriba, desde lejos, desde una solemnidad insoportable. Conversa desde la calle. Su voz no teme la aspereza del barrio, la velocidad de la calle, la indiferencia de los transeúntes ni el recelo de los curiosos”

“Ni siquiera él -por más premios, halagos, llamadas y recompensas recibidas- debería confundir la potencia del eco con la profundidad del mensaje veraz…”

Nuestra época amplifica el eco -estrepitoso o burlón- mucho más que la voz; prefiere el escándalo a la palabra razonada y a la comprensión. La topografía del rebaño, herético y universal, integra elementos determinantes: premia la desmesura y la sobreexposición, presiona la seducción de ser tomado en cuenta y arrastra jóvenes con pésima educación: tentación irresistible de sentirse alguien y pertenecer, aunque sea de forma pasajera.

Deseamos ser vistos y aceptados, percibir que valemos algo. Y el ego, trinchera de las identidades pisoteadas, es el piso efímero de esa validación. Desaparecen los parámetros de vergüenza, clase y ascendencia; los grados básicos de la educación. La habilidad del experimento simboliza un paquete obsequioso de marketing y excitación, proporcional al magnetismo cautivador que despierta el deslumbrón.

Los obispos del mercado cibernético profesan una mezcolanza de pasiones que estimulan la fe en lo intrascendente y el desencanto por el sentido genuino de la existencia. La paráfrasis de Byung-Chul Han es demoledora: el algoritmo consumista no deja escapatoria; o entras en él, o no estás en la tierra. A ojos de la mayoría, esa fortaleza del credo digital es inmune a las disquisiciones críticas.

Jaron Lanier -pionero de la realidad virtual- caracteriza al “rebaño digital”. Más que criterio anti tecnológico o sátira tecno fóbica, cuestiona la tendencia a embrutecer y estupidez armediante el culto a la banalidad y los elogios a las frangolladas públicas. Irreflexivo y resignado, el rebaño invade la red, alimentado por el ruido, el odio, la desinformación y, sobre todo, por el relleno voluminoso de la farfollada digital.

Los ciberhabitantes del entretenimiento-bazofia integraron la Inteligencia Artificial (IA), alcanzando el paroxismo terminal. Obsesiva muchedumbre que hace del alboroto el “estado natural” del ciberespacio.

Lanier previó el rebaño, pero no la secta: el surgimiento de una elite apocalíptica y radical que superaría con creces la bobería paradójica y el embrutecimiento viral. Son los santos patrones de la IA, una tecnosfera ultraconservadora, hipermillonaria, conínfulas escatológicas, anhelando una gobernanza centrada en la catedral del Big Data…

La respuesta visionaria siempre será estructural: solo una educación sólida y una ética primaria puede contener ese aluvión de detritus social…


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