Emerson Soriano

Cuento de Emerson Soriano
——Este aroma terpénico revuelve mi espíritu y me remonta a momentos especiales, vividos hace ya mucho -dijo él-, cuando no suponía que te encontraría; cuando correr por la vereda conducente al río apenas era el comienzo de un enredo, o quizá de un desenredo. Sí, porque de uno u otro modo termina viéndose irremediablemente la vida siempre que se pretenda hacer revista de su decurso. Entonces solo había espacio para vivir, sin ningún cálculo ni previsión, no nos habíamos estrenado en el “arte” de pensar (o de sufrir).
__ Sí, una avanza por la vida sin existencia consciente hasta que aparece la muerte, indescriptible, inviolable, insuperable. Y entonces, luego que se sabe de ella, ya no se es más la misma, todo está referido a su señorío, no hay forma de reír, de llorar ni de filosofar en que ella no esté subyacente, sea para presionarnos en la consecución de cosas, sea para hundirnos en el inacabado pensamiento de una dudosa metafísica , le contestó ella con un dejo de tristeza.
__Si me proyectara al momento final -continuó él-, sé lo que te diría: que has sido lo mejor que me pasó, que fuiste mi verdadera provincia, mi única provincia, mi entorno, mi contorno y mi dintorno. Porque, a pesar de mis desatinos, solo te tuve a ti por horizonte; porque fuiste mi frontera entre el bien y el mal, y porque definiste con tu obra de amor mi continente ontológico.
__ Yo te diría, afirmó ella, que me descubriste en la geología de mis verdaderos sentimientos, en esa indefinida geometría de amor forjada en el silencio de lo que parecía una incurable timidez; que me enseñaste a dar, porque, si bien tuve mucho para dar, nadie antes de ti logró destrabar los nudos de mi injustificado encogimiento; que he sido feliz viviendo a través de las “cicatrices” de nuestro amor, nuestros hijos.
Se puso el sol y llegó la noche, solo para ser testigo de un amor historiado de finales confesiones, de anticipadas despedidas, dichas ante la incertidumbre sobre futuras ocasiones hábiles para clausurar dos vidas, en fin, para dar fe de un ensayo de despedida entre dos futuros muertos. Porque todos mueren un día, pero nadie sabe cuándo, ni si será posible hablar una honrada despedida.










