Expulsión brutal de los sabios

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¿Cuán tolerable puede ser una sociedad donde los sabios languidecen y proliferan los influencers?

La historia, repetía Cioran, es el único relato absurdamente injusto y desconcertante, que estamos condenados a releer y soportar con despiadada lucidez. De momento, y por motivos todavía sin explicar, los sabios han perdido su pedestal; de manera insalvable, las invenciones tecnológicas les asestaron un golpe decisivo y crudo, precipitando un declive pasmoso, un desplome brutal.

¿Se extinguen los sabios o llegan otros sucesores? Palabras de anticuarios o resquemores de melancolía: innegable es que los hombres y mujeres de grandes dotes y saberes disminuyen cada día o, cuando menos, han mudado de lugar.

En el baremo clásico del discernimiento, para desdicha de todos, ya no concitan atención ni preservan la autoridad de antaño: han cedido el trono. Jugarretas del destino y volteretas del azar, los excluyeron del foco social: descendieron de los altares del talento y pernoctan, desahuciados, en las plazas apagadas del reconocimiento. Su misión cardinal -manivela de la razón y brújula para desadormecer al mundo- cayó en la gruta oscura de la incomprensión y el entumecimiento.

Nietzsche, ese profeta malvado pero imprescindible, al que acudimos con la desconfianza de quien espera ser aguijoneado por el filo de la certeza y la crudeza de lo real, recuerda que la necesidad de probar algo le resta valor. Con o sin exageración, en su crítica punzante a los filósofos, les adjudica ser artífices y “tipos de la decadencia.”

Además de plebeyo resentido, tildó a Sócrates de irónico rebelde, colgándole -cuando yacía resignado al último suspiro- la estofa de un bufón raquítico. Aquel que, pese a la tenacidad y las cuchilladas del silogismo, “en lugar de emancipar, utilizó la dialéctica como muletilla y recurso de urgencia.”

Estimaba que los filósofos, por su odio al devenir, eran “manipuladores y cultivadores de momias conceptuales”. Exceptuaba, sin embargo, el nombre de Heráclito, quien -aunque injusto con los sentidos- era venerable por entender mejor que ninguno la vana ficción del Ser.

Sabido es que los sabios (filósofos amaestrados) hoy son embestidos por los afeites de su empinado oficio, relegados a la omisión y al destierro total que delatan la intrascendencia y la indefensión moral.

Tenemos, en efecto, por cosa averiguada, que el significado posmoderno de la sabiduría disputa, libra por libra, con un enjambre difuso de ocupaciones que fluyen y flotan, sin medidas ni determinaciones en el tremedal viscoso del entramado digital. La repulsa al conocimiento y a toda categoría dialéctica, brota de la rapidez, del vuelo rasante que amontona los conceptos, enredándolos en una atmósfera cibernética irrespirable donde, irreconciliables, quedan enroscados la cordura y el entendimiento.

Contra la escuadra razonable, con abierta animadversión, un soplido vengativo y sulfuroso acomete al intelecto, fustigando la parsimonia templada que anida la reflexión. Ermitaños abominados, entre las sombras de la contemplación, los sabios, cabezas gachas, deambulan apolillados bajo los vestíbulos del desprecio y la desconsideración. Unos inquilinos estrafalarios, provistos de finas armas socio-tecnológicas, han usurpado su trono legítimo y su sacrosanto altar.

Polímatas de vocación, astros de una edad dorada, apenas figuran en algún linaje honroso. Su fuente de iluminación -dice León David- fue arrojada, con altivez desdeñosa, a la desmoronada memoria del desamparo. Arrinconados en su pradera solitaria y angosta, los sabios yacen sin espesor, huérfanos de decoro y confinados en el cubil marginal de sus humillaciones y derrotas.

Pues, abismado en la ordinariedad rumiante de la existencia, cercado por rarezas que exprimen su fugaz felicidad, el sujeto posmoderno abrazó la batahola deleitosa del disfraz y de las emancipaciones provisorias. Lejos de los hontanares de la elucubración y de la ambrosía fecunda del pensamiento vital.

Mas allá del bien y del mal no hay mejores ni peores; cuando solo queda la sombra del juicio moral, ninguna finalidad designa el arte de pensar. Los sabios, en todo caso, y en acomodo semiótico del tren tecnológico del presente tribal, ya no marcan. La sabiduría, su enhiesta voluntad de maestría, encierra una disposición transformadora y radical para un individuo sensualizado, narcisista y superficial…

¿Se ha cumplido, acaso, la implacable premonición de Lippmann? Donde todos piensan igual, nadie está pensando…ni desea pensar.


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