OTEANDO

Emerson Soriano
<<Ha fallecido>> Juan Manuel Guerrero. Y no encuentro cómo empezar a describir el profundo dolor que me causa la infausta noticia, si peleándole a la vida o peleándole a la muerte. Y se diría que con ninguna de las dos, porque con la muerte no se porfía. Déspota y taimada como es, no nos deja ninguna brecha para emboscarla, siempre se nos adelanta con su alevoso e impenitente oficio aniquilador, dejándonos por todo inventario culpas ganadas o perdones debidos, pero, sobre todo, culpas: de no haber sido lo suficientemente próximo, de no haber escuchado, o de no haber dicho y, a veces, hasta de no haber callado, culpas en fin, si no de un género, de otro. Y con la vida menos. Pues, dulce o amarga, ella no pierde su naturaleza de regalo, desde cualquier perspectiva que se la considere (creacionista o evolucionista).
<<Ha fallecido>> Juan Manuel Guerrero. Así empiezan, con esos dos verbos, el primero auxiliar del segundo, todas las notas luctuosas que hemos oído desde niños. Como si fallecer -salvo el suicidio- es una facultad que tengamos los humanos y pudiéramos ejercerla por decisión propia. Pero no, no es así. Y menos en Juan Manuel, que amó tanto la vida, que le imprimió a su existencia una pasión en todos los ámbitos de su desempeño: en la generosa amistad que nos prodigó, en el ejercicio de una profesión por naturaleza destinada a los desencuentros, misma que su temperamento le permitió ejercer habiendo ganado muy pocos enemigos, pues su noble corazón siempre estuvo colocado por encima de las miserias terrenales. Él fue ave de alto vuelo, capaz de dejar en la misma sala de los tribunales -despojándose inmediatamente de ellas- las garras enseñadas solo en un simple ejercicio de mimetismo batesiano.
Le debía -o me debía a mí mismo- escribir un artículo ponderando sus cualidades de excelente abogado y mejor amigo, pero fui negligiendo ese deber de la misma manera que lo he hecho respecto de otros amigos de la profesión a quienes tanto valoro. Ya no podrá leerlo ni oírlo leer. O tal vez sí, porque si nunca alcanzamos a saber todo de la vida, mucho menos de la muerte, y es probable que ahora se encuentre viéndome enredado en el afán de construir con palabras su inacabable presencia. Y tal vez se ría ahora de ese afán, juzgándolo solo como un insignificante efluvio de la indomesticada vanidad de los vivos, esa de la que ya ha sido liberado para benéfico de su alma.
Pero si así no fuera, y es preciso decirlo para que tú lo escuches. Si como dicen los versos de Franklin Mieses Burgos, <<precisas de un labio que esculpa tu nombre sobre el aire, de un eco que responda preciso a tus palabras>>, y sientas “que no te es posible existir sin que te piense nadie”, y ‘tu realidad se hastía de ser para ti solo’, y ‘sin otro que te sienta temblar tú no serías…’, aquí estaremos tus deudos: para esculpir tu nombre sobre el aire, para ser eco de tu bonomía, para pensarte y hacer eterna tu presencia, para no dejarte hastiar de ser solo tuyo, y para sentirte temblar y seguir siendo. Te amo hermano de mi alma. Gracias por tanto.