Somos polvo de estrellas, dijo Carl Sagan. Desenredar ese ovillo cósmico -y la aporía resultante- sería clausurar la más honda perplejidad y el mayor relato que la imaginación se haya atrevido a intentar. Ilimitado, el cosmos es fascinante y aterrador. Solo observamos un 5% de materia ordinaria; el resto -energía y materia oscura- sigue siendo un arcano inaccesible que sostiene y acelera el cosmos de manera indescifrable. Apagada, la vastedad espectacular del horizonte invisible se hunde con el misterio que circunda el oscuro precipicio interestelar.
Habitamos un espacio diminuto y solitario que Sagan, con irónica exactitud, describió como “puntito azul pálido”. Ese grano suspendido en el océano cósmico, comparable al espesor de una mota, interroga la fragilidad de nuestro ligero peñón planetario y la empinada arrogancia de proclamarnos supraevolucionados. La imagen -un píxel capturado a 6 mil millones de kilómetros- integra el álbum familiar del sistema solar. Metáfora elocuente y parpadeante de nuestra morada espacial. Una ecuación de energía y materia incuantificable gobierna los procesos físicos, químicos y biológicos, interactuando en el tejido infranqueable del espacio-tiempo, lejos de las llanuras del intelecto humano.
De Newton -la física clásica y la mecánica celeste- pasamos al enigma subatómico que inaugura la mecánica cuántica. Donde las escalas nanométricas desbordan las magnitudes clásicas y emergen partículas fundamentales (leptones, electrones, neutrinos, quarks, bosones, fotones, hadrones…) que reescriben la arquitectura de la materia.
Espíritu absoluto de materia y energía, entre partículas y ondas ambiguas, recrea el acertijo de otra dinámica interminable. Todo gira, rota y orbita en direcciones cambiantes, a velocidades que interpelan o anulan la comprensión razonable. Participamos de esa danza vertiginosa, oscilante, al compás de un impulso obstinado, creyéndonos -y ahí lo paradójico- la ilusoria quietud y el completo remanso.
Falsa calma del planeta que gira sobre su propio eje a 1,600 km/h y, alrededor del sol, a 108 mil km/h. Amarillento y aparentemente estático, el sol orbita a 800 mil km/h en el centro de la Vía Láctea. Galaxia que, atraída por la fuerza gigantesca y espiral de Andrómeda -reina del Grupo Local-, se desplaza a 400 mil km/h.
Y para colmo, permanece allí el “Gran Atractor”, un abismo oscuro, desbordante, cuyas concentraciones monstruosas arrastran miles de millones de galaxias hacia su estómago insondable. Pero el vértigo final corresponde a los “Supercúmulos” (Laniakea), las más descomunales estructuras y agrupaciones galácticas del universo.
Capturado por infinitudes de materia, energía, planetas, estrellas, gases, radiaciones, ondas, partículas, vientos…todo involucra movimiento. Sin advertirlo, viajamos -en promedio- a un millón de km/h. Mientras la gravedad nos mantiene “sujetados”, una armonía rectora (Inercia y Conservación del Momento) sincroniza la velocidad y la tendencia constante de cada deslizamiento. Los átomos son máquinas en movimiento, estabilizadas durante miles de millones de años. Electrones orbitan los núcleos; núcleos formados por protones y neutrones que integran, en la matriz cuántica, la cadencia íntima de una coreografía inagotable.
Átomos que se enlazan en moléculas, células, tejidos, órganos y cuerpos; regidos por el movimiento infatigable que sostiene el armazón sideral y su equilibrio mutante. El primer empujón nació de la ley del “momento angular”: una rotación primigenia que (sin interrupción externa) dentro del laberinto cósmico, persiste invariable. Lo mismo en partículas ínfimas que en cuerpos enormes o galaxias colosales.
Rotación y trayectoria perpetua modelan la geometría del espacio-tiempo; la masa y la energía, la curvatura de su tejido y portento. El fundamento del movimiento original proviene de esa majestuosidad abismal. Aparentemente inmóviles, paralizados, nuestra vida es una secuencia de giros, torsiones y órbitas imperturbables.
Su velo de complejidad matemática, su lenguaje impenetrable, los campos colosales que destellan detrás de lo inconmensurable, revelan la incertidumbre del paisaje infinito: una travesía desolada, innombrable.Criaturas rodantes, orbitamos un cosmos ciego y acaso vidente. Indiferente a nuestro destino incierto, vidente en la medida en que miles de millones de fotones primitivos, desde hace miles de millones de años, fulguran inagotablemente a través de la bóveda irredimible y arcaica del mapa estelar: luces de estrellas cadavéricas, extinguidas miles de millones de años atrás…Moverse, rotar y orbitar son nuestro principio y final. Encadenados a nimiedades, caprichos y deseos, apenas garabateamos historias que no alterarán la marcha inexorable de esta descomunal totalidad.