OTEANDO

Emerson Soriano
Cuando un pueblo ve que su clase política se diluye en dimes y diretes de patio que nada aportan al avance de su país; cuando quienes deben centrarse en prestar su concurso para que las cosas vayan mejor prefieren explotar el peor lado de las cosas en la creencia de que le será más rentable políticamente y sin detenerse a pensar en lo contagiosa que pudiera resultar su actitud sobre las mentes débiles -que suelen ser más que las vigorosas-; cuando los de aquí, de allá o acullá, no importa de qué litoral político provengan, se dedican a agitar la fragua del desaliento y la desesperanza, queriendo pescar en rio revuelto, corremos el riesgo de abismarnos a lo desconocido.
Ante el umbroso panorama político mundial, los liderazgos de países como los nuestros deberían hacer un paréntesis en los afanes por la preeminencia pública y observar un comportamiento de suficiente sensatez y cooperación como para que, los responsables de tomar las decisiones finales no sufran, además de las presiones propias de la de la política y los mercados externos, la distracción que les causan las presiones políticas internas. Claro, que ello reclama la actitud noble y dialéctica de estos, pues aquellos no podrían ayudar a quien no se deje ayudar. Situaciones como las actuales, reclaman el concurso de todos mediante el aporte de ideas y experiencias que contribuyan con un enfoque certero de nuestro rumbo.
Pero, contrariamente a lo que sugiero, resulta que todos, o casi todos, estamos negligiendo lo esencial para atender lo contingente. Y peor aún, en un escenario político como el nuestro, muchos están jugando a la deslealtad política pensando que lo contrario los sumiría en la mediocridad, cuando es al revés: ser leal hasta el último momento, hasta donde más lo permitan las circunstancias -sin llegar al harakiri, claro-, gana la admiración ajena mucho más que la huida taimada a destiempo, porque, de la misma manera que no hay que beber toda el agua del mar para saber que es salada (bastaría una gota), tampoco es necesaria más de una traición para adivinar quién podría resultar capaz de llevar a cabo tantas de ellas como demande su única salvación.
Y, si bien nadie puede pedirle el “harakiri” a nadie, tampoco puede aspirarse a lealtades que, tarde o temprano, resultarán fementidas, porque como reza el dicho popular: “Es mejor solo que mal acompañado”. Y al final, la peor soledad es la que ocasiona el autodesprecio deducido de no haber obrado correctamente. Con todo, no dudo que me quede “esperando a Godot”.