Despidiendo a Ely Escoto

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Emerson Soriano

Siempre habrá espacio para el dolor. Es uno de los estadios de la vida, junto al placer y al tedio. Pero, de los tres, el menos deseado es el dolor, si bien más aleccionador: los golpes son para crecer, decían nuestros antepasados. Pero ¡qué golpe tan inaceptable el que nos produce la partida de un ser amado! Escribo estas líneas a las once de la noche del martes siete de abril del año 2026, luego de haber recibido la infausta noticia de la partida de mi hermano Ramón Eleuterio Escoto, mi querido compadre Ely, a quien tuve la suerte de tener como amigo, y amigo de mi familia, desde mi infancia en mi querido Dajabón, donde lo empecé a ver a partir de su estrecha amistad con mi hermano mayor Darío.

De modo que hablo de alguien enmarcado en lo que suelo llamar mi universo antológico, con rango familiar. Mi vida está llena de detalles suyos que nos hicieron cada vez más cercanos: cuando vivió en su casita de soltero junto a mi hermano ya ido, allá al final de la calle Emilio Batista, le hacía yo recados. Mi hermano, que por entonces viajaba a la capital transportando pasajeros, me dejaba en casa el carro para que yo fuera a despertarle a las cuatro de la mañana a la casa que compartían. Los domingos, eran días de tragos y comida en el famoso “Aire” del “Bar Restaurant Maribel”. Entonces siempre estuve ahí, acaso como forma de ellos agradarme permitiéndome compartir sus horas de ocio.

Esas apenas si son algunas de las razones por las que mi sentido de la dignidad -y el de la gratitud- me colocan en el triste deber de honrar su memoria mediante este texto panegírico, porque he hablado de momentos de placer, pero, donde Ely Escoto fue grande fue en su sentido del deber y también en su sentido de la solidaridad: cuando falleció Robinson, mi hermano, Ely estuvo ahí; cuando falleció mi padre, Ely estuvo ahí, cuando falleció mi cuñado Bachi, Ely estuvo ahí, y cuando falleció mi hermano – su hermano- Ely estuvo ahí junto con mi compadre Cuquito De León, para ser bálsamo calmante de nuestro gran dolor. Así fue Ely, así fue “El moreno” de doña Idalia: fiel amigo que nunca estuvo ausente, auténtico y autónomo; asertivo como el que más; mansa paloma o fiera indomable, según se tratase de reaccionar ante el virtuoso o el malvado.

Se acercó al féretro de mi hermano para despedirle diciendo: “compadre, usted va a estar bien allá. Allá le esperan Fedé y Bachi”. Una forma dulce de aliviar la “incertidumbre” del amigo ante el viaje hacia lo desconocido. No le volví a ver desde ese día aciago para mí. Y cuando recibí la noticia de su deceso, recordé estas nobles palabras, y ello me arañó el corazón, habiéndoseme ocurrido entonces escribir estas líneas portadoras de un grito de esperanza para mi querido hermano: ¡no temas, hermano de siempre, no temas Ely, no temas “Moreno” de doña Idalia, el señor te espera en el cielo para colmarte de su santo espíritu, para distraerte de los pesares de este valle de lágrimas a donde te envío un día, para dar amor o causar dolor, si alguno, esto es, para ser imperfecto y vivir todos los tiempos del Eclesiastés sin tener que temer castigo alguno del padre por haber sido simplemente humano, demasiado humano.


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