Emerson Soriano

Llegamos a su residencia al despuntar el día -sus parientes construyeron para él una casa a orillas del vertedero de Duquesa-, pues no queríamos perdernos ningún evento de los que ocurren en el ámbito de un estilo de vida tan moderno como raro. Él llama al lugar “El paraíso de Garfield” y, comoquiera que no me sentía seguro de entenderme con mi entrevistado, me hice acompañar de dos personajes que, al igual que él, han alcanzado una feliz transmutación deviniendo en sendas especies del reino animal. Mis acompañantes olfateaban con fruición la “fragante pestilencia” de la humareda del lugar al ritmo de una bien entonada onomatopeya digna de Don LaFontaine.
Nuestro entrevistado, John (therian) Rodríguez, es un joven de 22 años que se percibe como un gato barcino, cuestión deducida de los tatuajes que pueblan todo su cuerpo (trabajo encargado por sus consentidores padres nada menos que a Brian Woo). Apenas si logramos saludarlo, su ansiedad por contarnos sobre el portentoso fenómeno de encontrarse a sí mismo no nos deja espacio para preguntar nada: sus palabras brotan a borbotones como expresión de un corazón túrgido de emociones tan variadas como “coherentes”.
Nuestro protagonista es un genio. Nos cuenta sobre el origen de este movimiento y lo que significa para sus practicantes: una expresión de libertad en el acto de escoger quién ser, una brecha para escapar del retorcido mundo de los humanos, una verdadera conquista del yo interior espiritual. Y pone como ejemplo el hecho de que, antes, cuando los tiranos humanos le impusieron impostar su odiosa especie, comía a empujones desagradables cortes wagyu, pero que, gracias a su “encuentro” hoy disfruta de sabrosos caprominos (jutías), sin contar las entradas de Mus musculus (bigañuelos), consumidos crudos, sin necesidad de cocer en el dañino aceite.
Traicionados por el tiempo – que siempre resulta “corto”-, apenas si alcanzamos a escuchar sobre los proyectos políticos del movimiento: conquistar el Estado para juiciosamente hacer los cambios en todo el desempeño de la especie humana, tales como, decretar la sustitución del arroz por purina, profiláctica para el ácido úrico. Habilitar contenedores de arena en cada esquina para realizar las deposiciones y, eso sí, prohibir la importación de cadenas y todo tipo de material usado para someterlos. Todo, bajo el eslogan “rompe tu cadena, no seas tan humano”. Era ya la una de la tarde cuando interrumpió su soliloquio para decirnos que tenía que dejarnos: el efluvio feromónico de una gata “en celo” estropeó nuestra proximidad y se perdió en la humareda exclamando ¡nos vemos!.