La conciencia histórica y la Inteligencia Artificial

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 Ricardo Nieves
Taciturnas o estruendosas, las palabras que conocemos fueron arrancadas de las sombras. De un socavón humano inconmensurable emergieron a la superficie mental, uniendo el eco simbólico con la dureza de lo real. Enmohecidas y arcillosas, sus plantillas llegaron con las llagas, la alegoría, el barro, la alegría y la imperfecta redondez de las caras perplejas.

En los meandros lingüísticos de la filosofía, “inteligencia”, sustantivo ordinario, revela la arcilla de su honda raíz: del latín inter, “entre o en medio de”, y legere, “leer o escoger”. Afinado por los siglos, evolucionó en verbos como entender, razonar, comprender…Un pasadizo no del todo apacible, que entre tantos ha sido único, fulgurante, onírico.

Con desatada impunidad, la conciencia histórica está sometida a severas tensiones por la matriz descomunal de la IA. Y el lenguaje orgánico -con su qualia y genealogía, refugio inquebrantable de esta conciencia- enfrenta la teleoplexia catastrófica, ese horror aceleracionista que comenzó a erosionarlo sin retorno.

Detrás de cada esqueleto lingüístico, sedimento morfológico y ancestral, late la entraña más secreta de una tradición, una cultura, una religión. La IA puede circunscribirlo, capturarlo, de un tirón y sin reparo, pero seguirá siendo memoria y conexión, dato algorítmico de un cálculo.

Variadas y misteriosas, con extraña autoridad para arbitrar las convencionalidades de la experiencia humana, las palabras mutan con una celeridad irrefrenable y pasmosa. Su travesía primigenia, cargada de significación, exploró un mundo insólito y conflictivo, y hoy resiste la enormidad de otros aconteceres solapados y nuevos intereses hegemónicos.

No hay humanidad sin pensamiento y simbolización. Los símbolos levantaron el mayor monumento al entendimiento humano. Con objetos y ramificaciones simbólicas repartieron cualidades y funciones, tejiendo tanto el mundo verdadero como el imaginario.

De esa muestra de sentimientos -señala John Searle- se extraen los estados del alma. Declarar, afirmar o cuestionar no solo expresan, redefinen el mundo, ajustándolo a nuestras expectativas, a veces de manera grotesca y otras de forma admirable.

El bien, la verdad, la belleza –más antiguas que Platón- triunfaron como virtudes universales, sin juego previo. Gracias al qualia que habita en las palabras y extiende la red de nuestras capacidades más allá de toda pauta, imposición, estatus o carga.

Porque la conciencia supera al residuo romántico y al entramado tecnológico. Demarca un universo encerrado de signos que hemos poblado por siglos: una semántica erigida y labrada sobre infinidad de pesares, saberes, proezas y sufrimientos.

La sintaxis por sí sola no genera semántica. La máquina puede crear símbolos, tendencias e incluir reglas (tecnología, algoritmos, IA), pero ninguno representa significado propio para ella. No existe comprensión en “sus adentros”, apenas manipulación formal y veloz, incorporando datos programados que no equivalen al conocimiento reflexivo. Si la IA nos despoja de nuestra conciencia natural, históricamente tallada, ¿por cuál sería sustituida?

Searle considera la conciencia un fenómeno biológico irreductible, causado por procesos neurofisiológicos tan objetivos como la digestión o la función respiratoria, pero “distinto de ellos por su carácter subjetivo”. La mente, por tanto, entrelaza lo bilógico y lo subjetivo, al margen de las descripciones físicas y los modelos computacionales.

El qualia -cualidades subjetivas, intrínsecas y unificadas a través de la experiencia consciente-, despierta eso que a la máquina le falta. Restringida entonces al reduccionismo performativo de patrones, datos, productividad y algoritmos de consumo.

La conciencia y la intencionalidad orientan la facultad mental hacia un objeto (la noche, saborear el café, esperar la madrugada…). De modo que nuestros estados mentales se acoplan a un horizonte que, en ocasiones, ha sido desplegado previamente por el lenguaje. Esta mirada, sin embargo -observa Andrés Merejo-, ahora se muestra invertida y oblicua, arrojándonos como sujetos transidos en la maquinaria hegemónica y avasallante de la tecnocracia económica dominante.

“El lenguaje automatizado con dispositivos inteligentes replica y potencia, a velocidades colosales, aspectos del habla, el arte, la lógica que desafían la condición humana”. Sus impactos ontológicos y epistemológicos, su alternada confiablidad; en fin, sus valores culturales, políticos y éticos, nos retan cada hora.

Deberemos lealtad a un instrumento algorítmico cuya velocidad y acumulación exponencial convierten al capital en un sistema autónomo que reorganiza todos los propósitos humanos en función de su éxito y expansión desmedida… ¿Quién estará prevenido?.


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