¿Los asistentes virtuales como Siri o Alexa pueden afectar la comunicación en la infancia?

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Conversar con un asistente virtual es como conversar con un robot. En plena infancia, acceder a estas herramientas puede ser muy estimulante. 

¿Puede afectar la interacción con estas herramientas a niños que están aún desarrollando sus habilidades comunicativas. Un estudio de la Universidad de Washington, Estados Unidos, profundizó el tema.

Analizando la comunicación de niños con robots

El equipo de investigación reclutó a 22 familias de Seattle para participar en un estudio de cinco etapas. Todo esto se realizó antes de la pandemia, por lo que en las sesiones de trabajo participaron un niño y un padre por familia, más un investigador de turno.

En la primera etapa, los niños participantes interactuaron con una tableta que presentaba un personaje animado que hablaba, presentando la transcripción de sus intervenciones en pantalla. La voz del avatar (que podía ser un robot animado o un cactus) correspondía a una voz sintética manipulada por otro investigador no presente en la sala, quien podía escuchar las respuestas y reacciones del niño.

Al comenzar el diálogo, el avatar mostrado en la tableta les decía a los niños: «Cuando estoy hablando, a veces empiezo a hablar muy despacio. Puedes decir ‘bungo’ para recordarme que hable rápido de nuevo»

Tras unos minutos de conversación, la aplicación comenzó a ralentizar periódicamente sus intervenciones habladas, hasta que el niño pronunciara “bungo” para volver a la velocidad normal. Por tratarse de la primera sesión, este agente “virtual” recordó a sus interlocutores infantiles utilizar la palabra de control, en caso de ser necesaria. El ejercicio se repitió hasta que el participante utilizara por lo menos tres veces la palabra “bungo”.

Al finalizar esta etapa, todos los niños aprendieron a utilizar la mencionada palabra de acción y entre aquellos, el 64% recordó emplearla la primera vez que el avatar habló más lento.

En una segunda instancia, se repitió el ejercicio, pero sin señalar las instrucciones sobre la palabra “bungo” al inicio. La dinámica se extendió hasta que cada niño dijera la palabra cinco veces o hasta que pasaran 5 minutos de habla ralentizada por parte del avatar, según cada caso. Tras esta sesión, el 77% de los niños usaron con éxito la palabra “bungo“.

En otra etapa, sin la presencia del investigador, sólo 19 padres participaron. El ejercicio consistía en mantener un díalogo, en el que los padres ralentizaron su voz en algún momento aleatorio, sin anticipar las instrucciones sobre “bungo”. De los niños que completaron esta parte, el 68% usó aquella palabra en la conversación con sus padres.

Esta fase presentó reacciones variadas. Mientras una parte de los niños reaccionó de buen humor, interrumpiendo con entusiasmo a sus padres, otro grupo manifestó vacilación o frustración, cuestionando a sus padres por qué hablaban como robots.

Posteriormente, el investigador regresó a la sala, para mantener una conversación similar a la antes mantenida con los padres. Aquí solo el 18% de los 22 niños participantes usaron “bungo” con el investigador. Todos omitieron cuestionamientos directos hacia el 

«Los niños mostraron una conciencia social realmente sofisticada en sus comportamientos de transferencia», dijo Alexis Hiniker, autor principal del estudio. «Vieron la conversación con el segundo agente como un lugar donde era apropiado usar la palabra bungo. Con los padres, lo vieron como una oportunidad para vincularse y jugar. Y luego, con el investigador, que era un extraño, tomaron la ruta socialmente segura de usar la norma conversacional más tradicional de no interrumpir a alguien que te está hablando», agregó el docente de la Escuela de Información de la UW.

La etapa final del estudio contemplaba analizar lo que ocurriría fuera del ambiente de estudio, por lo que pidieron a los padres repetir la dinámica en casa durante las próximas 24 horas. 20 padres probaron esto en casa y 11 notificaron que los niños continuaron usando la palabra “bungo”. Quienes se lo tomaron inicialmente con humor, continuaron el juego; mientras que los más escépticos pidieron a sus padres que dejaran de actuar como robots o simplemente se negaron a responder.

«Hay una sensación muy profunda para los niños de que los robots no son personas, y no querían que esa línea se difuminase», dijo Hiniker. «Así que para los niños a los que no les importaba llevar esta interacción a sus padres, se convirtió en algo nuevo para ellos. No era como si estuvieran empezando a tratar a sus padres como un robot. Estaban jugando con ellos y conectándose con alguien que aman».

Aunque esta investigación descarta una influencia realmente nociva en los niños, ante la demostración de que conciben las diferencias entre lo virtual y lo real, Hinker señaló que estas dinámicas podrían influir sutilmente en los hábitos de los niños, como en el uso de un tipo particular de lenguaje o tono conversacional.

A propósito de este tema, siempre vale la pena recordar que tratándose de pequeños, la interacción con estas tecnologías, más aún si se encuentran enlazadas a Internet, debería contar con supervisión adulta.

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