Oteando

Por Emerson Soriano
emersonsoriano@hotmail.com

 Qué es una econo­mía de mercado? Una simple consul­ta a Wikipedia nos permitiría confir­mar que se trata de una eco­nomía definida por “la or­ganización, asignación de producción y el consumo de bienes y servicios que surge del juego entre la oferta y la demanda”. Hago la aclara­ción porque en estos días, en que los precios de muchos rubros se están disparando, he oído a más de un “perio­dista” hablar de que aquí no hay control de precios. Y más aún, he oído también decir que el gobierno pretende su­bir el pan y que ha subido los precios de tales o cuales artí­culos.

Nada más absurdo que lo anterior, pues, si bien el gobierno dispone –den­tro de los límites a la in­tervención que le fijan el modelo económico y la propia fórmula política del Estado consignada en el artículo siete de nuestra Constitución, al definirlo como “social” y democrá­tico de derecho– de cier­tos mecanismos de regu­lación, no es menos cierto que él no puede salir a fi­jar, en cada negocio, y res­pecto de cada producto, el precio al que debe ser ven­dido o comprado. Podría –eso sí– implementar me­didas para mitigar las con­tingencias de espiral infla­cionaria que se incardinan en el desempeño de la economía, sorteando con prudencia esa aporía ma­nifiesta en la condición de “social y democrático” del Estado.

En un mundo globaliza­do y de libre mercado las variables que inciden en el aumento o disminución de precios son las mismas que inciden en la disposición de oferta y la tendencia a la de­manda, o sea, constituyen una miríada de causas que pueden ir desde una cri­sis política en los países del medio oriente hasta una crisis sanitaria como la que se vive actualmente a nivel planetario. Si el mundo en­tero comporta una ralenti­zación en la capacidad de producción de bienes y ser­vicios por falta de mano de obra, por ejemplo, y tales o cuales bienes y servicios si­guen siendo demandados en la misma proporción que antes, se producirá un enca­recimiento de los mismos. Eso es elemental.

De ahí que gobierno y po­blación deben unirse para enfrentar la espiral, el pri­mero, por medio de las me­didas a su alcance (subven­ción, importación masiva, allí donde advierta manipu­lación de algunos sectores, por ejemplo), y la segunda, demandando, en la medida de lo posible, bienes sustitu­tos o absteniéndose de com­prar los ofrecidos a precios inasequibles. El gobierno puede tener alternativas –y debe implementarlas–, pe­ro necesita nuestro concur­so.


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