Oteando
Emerson Soriano
emersonsoriano@hotmail.com

Me siento frente a mi PC. Quiero escribir al­go atracti­vo, mas no hay tema que lo implique. Los discursos ca­recen de interés. Ni el pro­pio presidente está en condi­ción de estructurar uno que logre llamar la atención de nadie. Los discursos se repi­ten, se vuelven viejos ape­nas son pronunciados, por­que ya han sido dichos por otros actores, de otros tiem­pos –y el tiempo es el mismo siempre, lo que cambia es su contenido–, otros actores de idéntico oficio, vender espe­ranzas. Pero la vida es tan lí­quida que gestionar conflic­tos ha dejado de ser un oficio que rinda utilidad alguna, ni a nadie.

El anuncio de novedades funcionariales (una construc­ción aquí, un picazo allí) es in­diferente, porque la vida del “enjambre digital” se contrae a “la expulsión de lo distinto y al infierno de lo igual”. To­dos se aglomeran en torno a la plaza digital, pero cada quien con necesidades y anhelos tan distintos como efímeros. An­tes de desear ya ha prescrito la voluntad de tener, ha sido sus­tituida por otra, y esta a su vez por otra.

Los políticos se la pasan cre­yéndose útiles. Y así, todos vi­ven en la burbuja que alimen­ta un ego que ni siquiera llega a ser, porque es lo bastante elo­cuente como para defraudar su propio titular, desautorizándo­lo, haciéndolo cobrar concien­cia de que, no solo no es nada, sino que nada hace, muchos vendidos al narco y al lava­do incluso. Por su parte, el co­mentarista colma su vanidad conformándose con tratar lo trivial, lo de siempre (alijos, vacunas, sabotajes, “entrama­dos” y todo aquello que ya nos tiene hartos).

Vivimos una hipocresía ja­más vista. Dos mundos se con­traponen para defraudarnos, para hacernos perder la fe, pa­ra volvernos nihilistas. Ellos son el nuestro –nuestro mundo– y lo que he llamado el inframun­do, el de los excluidos, el de los que viven en un permanente es­tado de excepción que ni siquie­ra es constitucional, con catego­rías metafísicas que jamás nos interesaremos en conocer, con­tra quienes pagamos una policía para que los mantenga a raya y les impida alcanzarnos, para que los mate, si es necesario, en abono de una paz social privada y muy nuestra.

Solo estamos toreando los problemas. Se impone un tajo que devuelva la esperanza y ello solo es posible tomando medi­das drásticas contra la corrup­ción –pública y privada– y con­tra el narcotráfico. Se necesita la pena capital. ¡No contemos co­rruptos ni narcos, eliminémos­lo! Necesitamos que nos devuel­van la ilusión de vivir.


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