OTEANDO
Perdónenme la existencia
Emerson Soriano
emersonsoriano@hotmail.com

Se sentó en el umbral de su puerta por no tener donde. Lo había perdido todo, ahora buscaba en el horizonte un punto, un destino hacia el cual caminar, también procuraba un inestrenado sinécdoque capaz de definir yerros y frustraciones o esperanzas y realizaciones. Había tenido todo, o al menos así creyó, ignoraba que nada nos pertenece en esta excursión hacia la muerte que llamamos vida. En un tiempo tuvo una esposa tan abnegada que vivía a través de él, pero se marchó primero y le dejó dos retoños que ahora también se habían ido y practicaban la religión de la ingratitud, poblada de amnesias e indignidades. Le quedaba entonces un compañero fiel, su perro, pero había adquirido el mal hábito de salir al encuentro y ladrarle a todo lo que se moviera, habiendo terminado enredado en las gomas de un carro una tarde de un mayo lluvioso.

En lo material, su inventario se contraía a la ropa sucia, y en lo inmaterial, a los días, el tiempo, ese desafinado constructo que nadie logra destrabar en su justa medida, aprehender y detener donde prefiere, en fin, hacer coincidir con sus deseos. Se torturaba cavilando sobre ese concepto del «Ser y la Nada» que le resultaba aporético. Pensó: «por fin estoy solo -¿o siempre lo estuve?-, ¿no fue una ilusión haberme creído acompañado cuando cada quien, de algún modo, está condenado a vivir su parte y nunca se aparta de ese propósito, si bien la ilusión de una malinterpretada gregariedad lo hace sentirse amado o querido? ¿No ha sido ilusorio de mi parte pretender que el mundo giraba en torno a mí?

Estas y otras preguntas lo llevaron al punto de entender que sí, que en fin de cuentas todos estamos solos, solo que de vez en cuando uno da una manita -ya afectiva, ya material- al otro, que la existencia, tal como decía Schopenhauer sobre el amor, no es más que un pretexto del genio de la especie para perpetuarse y que, por no resultar una elección racional nuestra, nada hacemos como no sea sobrevivir y nada podemos hacer para cambiar su desenlace final.

Se incorporó y caminó despacio hacia ningún lugar. La noche asomaba indetenible, un leve dolor de tórax lo hizo detenerse un minuto y avanzó más lentamente, entonces vino otro como lava ardiente que lo puso de rodillas, un curioso ya le asistía y él solo alcanzó a decirle «perdónenme la existencia».

 

.


------------------------------------------------------

------------------------------------------------------